41 años de democracia capitalista, un régimen en crisis que debe ser suplantado por la democracia directa de los trabajadores y el pueblo


Por Hernán Centeno

Este 10 de diciembre se cumplieron 41 años desde que asumió el primer presidente elegido mediante el voto popular -Ricardo Alfonsín- luego de la caída de la última dictadura militar. La resistencia obrera y popular obligó a la burguesía a reinstalar el régimen “democrático” para sostener el capitalismo semicolonial argentino. 

Su restauración constituyó una gran victoria para el movimiento de masas, ya que no es lo mismo organizar las luchas y las peleas políticas en un marco en el que rigen ciertas libertades, que dentro de una dictadura militar, que obliga a los luchadores y las luchadoras a actuar en la clandestinidad. 

Por eso, los revolucionarios no dudamos: ¡Cuando un régimen democrático burgués corre el riesgo de ser reemplazado por una dictadura, nos ponemos al frente de la movilización para defenderlo! Sin embargo, nuestro objetivo estratégico no es este, sino garantizar la conquista del poder por parte de los trabajadores y construir, en ese contexto, un sistema mucho más justo y democrático, el Socialismo. 

La “democracia capitalista” funciona para que los representantes de los los monopolios, nacionales y extranjeros, debatan entre sí y resuelvan dentro de las cámaras de representantes -sus representantes- aquellos planes y lineamientos que les permitan continuar y profundizar el proceso de explotación de la mayoría de la población al servicio de su enriquecimiento. 

Aunque, como socialistas, aprovechamos este mecanismo para organizar campañas electorales y tratar de de meter algunos legisladores en el Congreso, son los grandes patrones los que realmente pueden usufructuar este régimen. Para eso, cuentan con inmensos recursos económicos y el manejo de las palancas fundamentales del sistema, que les permiten convencer y amedrentar a las masas: los medios informativos, la educación, la justicia, las fuerzas represivas, etc.  

Debido a la crisis global y a la radicalización de la resistencia obrera, a los patrones se les hace difícil seguir gobernando a través de este gran circo. Por eso, cada vez que pueden, recurren a la principal herramienta que tienen para defender sus intereses -la represión- mediante la utilización de sus fuerzas “oficiales”-policía, gendarmería, prefectura, etc.- o de las bandas parapoliciales.

La democracia burguesa no es otra cosa que una dictadura del capital, razón más que suficiente para luchar por otro sistema, en el que las masas gobiernen de manera directa, discutiendo y resolviendo todo en organismos de base, como las asambleas populares. Ese mecanismo es muy parecido al que rigió durante los primeros años de la Revolución Rusa, a través de los soviets obreros y campesinos. 

Sólo así se podrá poner en el tapete lo que verdaderamente le importa a la mayoría y se podrán votar  medidas concretas que garanticen la elevación de su calidad de vida, para lo cual no quedará otra que acabar con la causa de su constante deterioro, el capitalismo. Sólo de esa manera se podrá impartir justicia y castigar ejemplarmente a quienes se han adueñado del fruto del trabajo del conjunto.  

La crisis del sistema capitalista, nacional e internacional, empujará a los trabajadores y los pueblos a enfrentar, mediante grandes revoluciones, a este sistema injusto, creando nuevas oportunidades para que los revolucionarios y las revolucionarias ganemos el liderazgo de millones, agitando con audacia nuestras socialistas. Para eso, la tarea del momento es construir la organización política que cumpla esa tarea, uniendo a los luchadores y las luchadoras que se propongan llevarla adelante.  

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