La heroica resistencia palestina y la rebelión obrera y estudiantil de Bangladesh, dos expresiones del cambio en las relaciones de fuerza

Por Claudio Colombo  

La burguesía mundial, centralizada alrededor de la Organización Mundial de la Salud, pudo frenar el ascenso obrero y popular que dio lugar a varias rebeliones, como la chilena. Para eso, los grandes capitalistas se valieron del miedo al Covid, imponiendo aislamientos masivos o cuarentenas.

Aunque lograron cierta calma social durante más de dos años, los dueños del mundo no consiguieron aplastar al movimiento de masas, que, lenta pero consecuentemente está comenzando a despertar, dándole continuidad al proceso anterior a 2020.

El ejemplo más significativo de esta dinámica es la resistencia heroica del pueblo palestino, que no solo tiene en jaque a uno de los ejércitos más poderosos y sanguinarios del planeta, sino que ha impulsado el desarrollo de grandes acciones de solidaridad a lo largo y a lo ancho del planeta.

La caída en desgracia de la primera ministra de Bangladesh, provocada por la lucha del movimiento de masas liderado por el estudiantado, es una consecuencia directa de este cambio en las relaciones de fuerza entre las clases, que ocurre en un contexto más que crítico para el Capitalismo mundial: la guerra comercial entre grandes potencias y el comienzo de una nueva recesión.

Las movilizaciones obreras y populares contra el fraude en Venezuela y las marchas multitudinarias en la provincia de Corrientes exigiendo la aparición con vida de Loan y el castigo a los culpables, son manifestaciones genuinas de este proceso, que tiende a extenderse y a radicalizarse al calor de los planes de ajuste de los gobiernos, que, debido a la crisis económica, tienden a ser cada vez más duros.

La clase trabajadora y los pueblos están recuperando la iniciativa, contando para eso con una ventaja significativa: ¡Los aparatos contrarrevolucionarios, especialmente aquellos que se organizaron alrededor de los líderes populistas latinoamericanos, están atravesando una situación crítica, de carácter terminal, nunca vista!

Esta realidad se tiene actualmente dos expresiones magníficas. La primera tiene que ver con la derrota electoral estrepitosa del chavismo, y la otra, con la caída a pique del peronismo, que después de haber perdido las elecciones frente a un outsider de la política, enfrenta luchas internas salvajes y el procesamiento, por violencia de género, del ex presidente Alberto Fernández.

En ese marco, la burocracia sindical peronista -que tiempo atrás lideraba de manera indiscutible a la clase trabajadora- sufre las consecuencias de la crisis del partido al que pertenece y de la economía nacional. Esta situación ya no le permite regatear concesiones para aplacar la bronca de las bases, que, cuando salen a luchar, tienden a pasar por encima de los “cuerpos orgánicos” gremiales.

Los dirigentes sindicales, que trabajan para mojarle la pólvora a la combatividad obrera, son cada vez más odiados por sus representados, porque aparecen en público como pistoleros rodeados de lujos y placeres, mientras que los trabajadores y las trabajadoras sufren un retroceso fenomenal de los niveles salariales y la pérdida de conquistas históricas.

Por esa razón, la tarea fundamental de las conducciones combativas que se postulen para reemplazar a estos mafiosos, es denunciarlos y proponer la construcción de una nueva dirección política y sindical combativa y democrática, que se apoye en la práctica que rechazan los burócratas, la democracia asamblearia.  

Lamentablemente, buena parte de la izquierda argentina, en vez de hacer esto, continúa esperando que los burócratas tomen la iniciativa, y convoquen a las grandes huelgas o movilizaciones que no están dispuestos a llevar adelante, porque su lugar dentro del Capitalismo no es otro que el de actuar como colaboradores de las patronales.

La denuncia implacable contra estos personajes no significa darle la espalda a las limitadísimas convocatorias -a paros parciales o concentraciones- que estos realizan de vez en cuando. Hay que aprovecharlas y exigirles que vayan un paso más adelante, aunque sin dejar de lado lo esencial, que es trazar rayas para que las masas adviertan la existencia de planteos y dirigentes alternativos.

La perspectiva de nuevas y más potentes rebeliones reclama la existencia de una nueva izquierda que se juegue a liderarlas. Esta izquierda no surgirá de la autoproclamación sectaria, sino a partir de la unidad de los revolucionarios y las revolucionarias que se propongan romper con las prácticas conservadoras de la mayoría de las organizaciones que se reclaman socialistas.   

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