Por Damián Quevedo
A pesar de las constantes giras por Europa y Estados Unidos, el presidente argentino no logra salir de la marginalidad política. Aunque desde el FMI todavía sostienen al gobierno, no lo hacen por convencimiento o simpatía para con los libertarios, sino para evitar que el desplome de Argentina se convierta en un efecto dominó que arrastre al resto hacia el abismo.
Esta situación se agravó en los últimos días, ya que Milei,
en vez de actuar diplomáticamente, criticó con fiereza al encargado de negociar
con Argentina dentro del FMI. Mientras el
ministro de Economía, Luis Caputo, intenta hace seis meses que el Fondo
Monetario (FMI) le otorgue dinero extra en volumen como para intentar abrir el
cepo cambiario, el presidente
Javier Milei entró
en una dinámica particular de concepción de las acciones y las personas que
comandan el organismo de crédito internacional[1].
Por esto, venimos señalando desde hace varias semanas, que uno de las principales debilidades de Javier Milei es su carácter de outsider, no solo de la política nacional, sino también a nivel internacional, razón por la cual busca permanentemente fondos en las cuevas de los buitres financieros más recalcitrantes.
Sin embargo, las giras presidenciales, que han sido muchas, no produjeron ningún resultado concreto para la economía argentina, ya que no trajeron inversiones ni nuevos préstamos, los dos pilares que pueden sostener al desvencijado capitalismo local. En ese marco, Milei decidió debatir con el FMI sobre su plan de dolarización, cuestionado por ese organismo por las consecuencias sociales del ajuste.
La preocupación del Fondo Monetario Internacional no tiene nada que ver con el sufrimiento de los sectores más pauperizados de la población. Les tienen miedo a las consecuencias del ajuste, porque Milei está parado sobre un polvorín que puede estallar en cualquier momento, como lo demuestran las movilizaciones populares de Misiones y Corrientes. La dinámica que comenzó a desarrollarse en estas provincias amenaza con extenderse a otras regiones, cuestionando la gobernabilidad capitalista.
La diferencia entre el FMI y Milei no es de fondo, sino de formas y ritmos, ya que ambos coinciden en la necesidad de profundizar la súper explotación obrera y el saqueo de los recursos. Sin embargo, este debate “táctico” provoca y continuará provocando contradicciones en las alturas del poder, que, en la medida en que se intensifiquen, colaborarán con el avance y la multiplicación de los conflictos sociales.
Los trabajadores debemos aprovechar esta lucha entre los de arriba para hacer lo mismo que hace el movimiento de masas correntino, que ganó las calles para reclamar por una causa justa, cuestionando en los hechos a toda la “casta” política, judicial y policial que gobierna esa provincia. La izquierda tiene que ponerse al frente de la movilización, agitando la necesidad de una investigación independiente, la justicia popular y la perspectiva del Argentinazo para que se vayan todos de una vez por todas.

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