Por Juan Giglio
Misiones demostró que las relaciones entre las clases no se calmaron luego del triunfo de Milei, que, para un sector de la izquierda, expresó un “retroceso en la conciencia” obrera y popular. Millones de laburantes votaron al libertario no para autoflagelarse, sino por odio al peronismo, que dejó de ser la conducción política y sindical del movimiento de masas.
El proceso
que dio lugar a la rebelión misionera -no casualmente explotó después de la
fenomenal lucha universitaria- continúa avanzando y, aunque se expresa de maneras
diversas y contradictorias, empuja movilizaciones cada vez más multitudinarias y radicalizadas, como las que están
desarrollándose en todos los rincones de una provincia poco acostumbrada a este tipo de acciones.
La rebelión
social viene desde la periferia al centro, como ha
pasado otras veces en el país del Argentinazo. Luego del voto a Milei, la realidad no giró a la derecha, sino que dio lugar a estas luchas, que aunque aún son incipientes, ya están haciendo temblar las estructuras de un régimen que ya no da para más, especialmente en las provincias más pobres.
Así como el
crimen de María Soledad detonó una dinámica de movilizaciones
autoconvocadas, hechos como el de Corrientes empujarán movilizaciones democráticas
masivas, que irremediablemente tenderán a empalmar con grandes luchas obreras, en un contexto en el que la recesión dejará un tendal de trabajadores en la calle. Estos conflictos se politizarán rápidamente y pondrán en el centro de sus reclamos al gobierno, cuya política no hace otra
cosa que agravar la miseria.
La
izquierda debe intervenir con audacia en estas acciones preliminares, con un
programa que cuestione al régimen y proponga, mediante consignas sencillas, la
construcción de una institucionalidad novedosa, a través de la cual el pueblo conquiste el derecho de discutir, juzgar y castigar a los criminales y a los responsables del ajuste, con
cientos de asambleas obreras y otros organismos de autodeterminación.

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