Parte 1 / por Dalton Noyola
“El deseo de
divertirse, de distraerse, contemplar espectáculos y reír, es un deseo legítimo
de la naturaleza humana. Podemos y debemos conceder a esa necesidad
satisfacciones artísticas cada vez mayores, sirviéndonos al mismo tiempo de esa
satisfacción como medio de educación colectiva, sin ejercer tutela pedagógica o
constreñimiento para imponer la verdad” L.T.
Fueron solo 46 segundos, pero enormemente importantes para el arte. En 1895,
con su nuevo invento entre las manos, los hermanos Lumière asistieron a un un
viejo hangar de Lyon y filmaron la salida de obreros de la fábrica - perteneciente
a su familia- y concretaron el primer film de la historia.
El cine nació registrando obreros, a cientos de ellos que buscaban salir
de una dura jornada de explotación capitalista. Este vínculo no podía ser más
revelador, porque, como gran instrumento de difusión -capaz de moldear la
conciencia obrera- es un arma que se disputan los poderosos.
Walter Benjamín, en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad
técnica”, dice lo siguiente: En las obras cinematográficas, la posibilidad
de reproducción técnica del producto no es, como por ejemplo en las obras
literarias o pictóricas, una condición extrínseca de su difusión masiva. Ya que
se funda de manera inmediata en la técnica de su producción (…)
… la industria cinematográfica tiene interés en acicatear la
participación de las masas mediante representaciones ilusorias y especulaciones
dudosas (…) ha puesto en movimiento un enorme aparato publicitario: ha puesto a
su servicio la carrera y la vida amorosa de las estrellas, ha organizado
consultas populares, ha convocado concursos de belleza. Todo ello para
falsificar, por la vía de la corrupción, el interés originario y justificados
de las masas en el cine: un interés en el autoconocimiento y así también en el
conocimiento de su clase.
Esta disputa no puede ser entendida sino como una expresión de la lucha
de clases en el arte. El cine no está en condiciones, por sí solo, transformar
la realidad en la que millones de obreros se encuentran inmersos bajo el yugo
del capitalismo. sin embargo, puede ayudar a echar luz sobre su condición de
clase, ayudándolos a entender, que son ellos y ellas quienes mueven el mundo y
tienen el poder de cambiar su historia.
Trotsky, en “Problemas de la Vida Cotidiana”, afirmó: El cine es un
instrumento que se impone por sí mismo: el mejor instrumento de propaganda
—propaganda técnica, cultural aplicable a la producción, a la lucha
antialcohólica, al campo sanitario, político, en dos palabras, es un
instrumento de propaganda fácilmente asimilable, atractivo, que se graba en la
memoria— y, eventualmente, es también un negocio lucrativo.
En ese sentido, a lo largo de la historia encontramos muchas películas, que
han sido y continúan siendo un grandioso aporte a la historia de la clase
trabajadora, expresando sus luchas y el impacto en sus vidas del desarrollo de
las fuerzas productivas. En este primer artículo, no referimos a “Tiempos
modernos”, de Charles Chaplin, “Los compañeros”, de Mario Monicelli y
“Germinal”, de Claude Berri.
Tiempos modernos
Entre los siglos XIX y XX -en plena revolución industrial- Frederick
Taylor impulsó el aumento de la productividad obrera, a través del método que
inventó, el “Taylorismo”, que, en manos de Henry Ford se convirtió en
“Fordismo” y, mucho después, a partir de Toyota, en “Toyotismo”.
Este aumento inédito de los ritmos productivos, debido al trabajo en
serie, profundizó al mismo tiempo la súper explotación y alienación de la clase
trabajadora industrial, una dinámica que mostró Chaplin en su gran obra de
arte, Tiempos Modernos.
Esta película sirve para comprender el impacto de la línea de
producción, ya que, de manera “chaplinesca”, denuncia las despiadadas
condiciones de trabajo y sus efectos en la salud. En la actualidad, la cadena
de montaje impone un ritmo cada vez más acelerado e imparable, con controles
rigurosos de los tiempos -fabricación y descansos- y la vigilancia
generalizada, a través de cámaras.
Chaplin lanzó este film en 1936, en medio de la gran depresión de los
30, que dejó en la calle a un ejército de desocupados y generó una ola de
suicidios. Por eso, en la película muestra a un operario metalúrgico, que
enloquece debido al aumento de los ritmos de producción. Una imagen elocuente
del sufrimiento obrero frente a jornadas laborales extenuantes y destructivas,
no solo en términos físicos, sino también, y principalmente, psicológicos.
De manera magistral, Chaplin se vale de la comedia y la parodia, para
denunciar la vida en la fábrica y, de esa manera, mostrar el verdadero rostro
del capital. El obrero “chaplinesco”, sufre el estado de enajenación tan bien
descripto por Marx “El objeto que el trabajo produce, su producto, se
presenta como algo opuesto a él, como una fuerza independiente del
productor".
Con esta película, y otras, como “El gran dictador” o “El vagabundo”, Chaplin
se instaló en el mundo del cine, y en del arte en general, como un “Enfant
terrible”. Por esa razón, fue atacado y combatido por los capitalistas, a tal
punto, que, en 1949, el Comité de Migraciones de los Estados Unidos le prohibió
su ingreso al país, argumentando que sus películas eran “procomunistas”.
Los compañeros
Otro clásico de la vida proletaria, ha sido y es el film de Mario
Monicelli, “Los compañeros”, que trata sobre la organización de una huelga en
una fábrica textil de Turín, a partir de la aparición del misterioso profesor
Sinigaglia, quien llega a la región para organizar a los obreros en lucha.
Esta gran película se estrenó en octubre de 1963 en Roma, en el XXXV
Congreso del Partido Socialista Italiano, por tratarse de uno de los primeros
filmes italianos que se animaba a hablar sobre el surgimiento del movimiento
obrero de ese país. El rodaje en exteriores, se realizó en varias localidades
del Piamonte y Roma, y las escenas de la fábrica, en Zagreb, la actual Croacia.
Al comenzar el film suena la “Marcia della cinghia”: “Tira di un bùs la
cinghia, mangiamo pane e vento”, que en español quiere decir “Aprieta el
cinturón, que comemos pan y viento”. La letra de esta canción le da un
marco a la situación de la fábrica, donde sus obreros, que trabajan hasta 14
horas, no solo el hambre y la degradación más inhumana, sino incluso la
mutilación de partes de su cuerpo y hasta la muerte.
En este drama, que comienza en tono de comedia, se muestra a algunos
obreros, que, para hacer frente a las terribles condiciones laborales, apelan a
métodos solidarios. Estos, a la larga, dan lugar a las primeras escaramuzas
huelguísticas, que fracasan, cuando el profesor intenta conducirlas, por lo
cual es perseguido y atacado.
Los trabajadores tienen que enfrentar la política represiva de la
patronal, que recluta carneros para quebrar la huelga, una situación que deriva
en la muerte de varios compañeros que intentan ocupar la fábrica. Sin embargo,
lo que más se destaca es el gran proceso de deliberación política, que va
unificando a la base en la lucha contra las duras condiciones de trabajo.
Todo esto no es casual, ya que la película fue filmada en un momento en
que la clase obrera italiana estaba en un estado de ebullición, una coyuntura
previa al denominado “Otoño caliente”. En esa época, existió un alejamiento de
muchos sectores obreros con los antiguos líderes del PC, debido a una serie de
traiciones que llevaron a la derrota.
Esta realidad contrasta con el papel dirigente del profesor de la
película de Monicelli, quien, a pesar de las derrotas continuó manteniendo una
relación fraternal con sus “compañeros”, debido a que nunca actuó de manera
burocrática como los jefes del Partido Comunista Italiano.
Germinal
Germinal, escrita por Emile Sola, es una gran novela, que terminó en el
cine, gracias a la producción franco belga dirigida por el director Claude
Berri, en 1993. La película retrata, de una manera muy cruda, la vida de los
obreros de las minas de carbón a mediados del siglo XIX, en un pueblo al norte
de Francia.
Imposible no conmoverse frente al realismo de este film, que con sus
tremendas imágenes golpe la retina del espectador. Una historia sobre la
muerte, la asamblea, la solidaridad, el sindicato y un largo etcétera de
vivencias, que se desarrollan en el interior de las minas, la taberna y las familias
numerosas, que padecen la súper explotación laboral a manos de una inescrupulosa
familia burguesa.
La resistencia empieza cuando la patronal, con la excusa de que está
“perdiendo”, recorta los salarios. Esta situación desencadena una gran huelga,
que toma el carácter de pueblada, en la cual las mujeres juegan un rol protagónico.
La terrible situación de los trabajadores contrasta con los banquetes y la
despreocupación sobre el futuro de la burguesía industrial. El final es triste,
porque muestra cómo, para alcanzar la victoria, es necesario recorrer un largo
camino plagado de derrotas. Sin embargo, el mensaje es alentador, porque apunta
a que la necesaria liberación del proletariado “germinará”.
La clase trabajadora, como protagonista del cine
Son cientos las películas, que, junto a estas tres, denuncian las
condiciones de trabajo del proletariado mundial y las características
revolucionarias de la clase social que puede llegar a cambiar la historia del
mundo. De ahí la importancia del cine y de todos los formatos que se valen de
la imagen para transmitir ideas, como instrumentos educativos.
Esto tiene un valor de mucha importancia en la actualidad, donde el
avance tecnológico no es utilizado por los capitalistas para elevar el nivel de
vida del conjunto, sino para profundizar la explotación, que es la manera en
que estos consiguen realizar sus ganancias.
En este marco, el arte en general, y en particular el cine, deben seguir
siendo armas cargadas de futuro. Herramientas maravillosas, para que las
actuales y nuevas generaciones sean ganadas para la lucha por la liberación de
la humanidad. Ver y disfrutar al cine, es, en un sentido, una vía de escape,
pero, por otro lado, puede significar una vía de acceso al conocimiento de la
realidad, tal cual es y sin máscaras que la oculten.
El verdadero arte, es decir, aquel que no se satisface con repetir
modelos preestablecidos, sino que se esfuerza por dar expresión a las
necesidades internas del hombre y de la humanidad modernas no puede no ser
revolucionario, es decir, aspirara una reestructuración total y radical de la
sociedad para liberar a la creación espiritual de sus cadenas y dar la
posibilidad a toda la humanidad a elevarse a esas alturas que antes alcanzaban
solo genios aislados”… (León Trotsky)
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