Por Dalton Noyola
A días del 1 de mayo es menester recordar, que, parte de la batalla estratégica de los mártires de Chicago por las ocho horas de trabajo, tuvo como bandera la conquista de tiempo libre, el derecho al ocio de la clase obrera. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo los trabajadores?, ¿Cuánto tiempo tenemos para aquello que nos gusta? ¿Qué tiempo podemos dedicarle al arte, la ciencia y el deporte?
Hablamos de tiempo libre y libertad no en los términos
que lo hace la burguesía, que significa libertad para comprar y vender
mercancías o ganar nuevos mercados para aumentar la explotación, sino libertad para
contar con tiempo para el ocio y el desarrollo de la creatividad individual.
Refiriéndose a esto, el filósofo Herbert Marcuse supo
decir que “La humanidad se hace libre cuando la perpetuación material de la
vida está en función de las habilidades y la felicidad de individuos asociados”.
Marx, refiriéndose a la enajenación del trabajo, dijo,
que “el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales,
en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la
habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como
animal. Lo animal se convierte en lo humano y lo humano en lo animal”.
Con jornadas de trabajo cada vez más extendidas, nuestro
tiempo para el disfrute es cada vez menor. Solo una fracción de trabajadores
hoy goza de jornadas de ocho horas con derechos más o menos plenos. En algunos
casos, las jornadas exceden las 12 hs de permanencia en la fábrica, oficina,
escuela o la calle, a lo cual debemos sumarle el tiempo de viaje. ¡Entonces
hablamos de 14 o 16hs dedicadas tan solo al trabajo!
Tenía razón el anarquista Severino Di Giovani, cuando
dijo que “No se puede pedir a un cuerpo cansado y consumido que se dedique al
estudio, que sienta el encanto del arte: poesía, música, pintura, ni menos que
tenga ojos para admirar las infinitas bellezas de la naturaleza”.
Para conquistar nuestro derecho al placer, la diversión,
al ocio y al descubrimiento de nuevos mundos, a través del arte y la ciencia,
debemos primero develar nuestra verdadera condición, y desde allí, plantearnos
las tareas que serán necesarias para conquistar nuestra liberación, por
ejemplo, la lucha por la reducción de la jornada y los ritmos laborales.
¿Qué puede aportar la literatura en la batalla por el
tiempo libre?
En primer lugar, nos da herramientas para ensayar
aquello que Walter Walter Benjamín llamo “pasarle a la historia el cepillo a
contrapelo”. Un ejercicio necesario para poder conocer la verdad de los
oprimidos.
Existen decenas de elaboraciones literarias, que, sin
ser necesariamente marxistas, sirven para comprender cómo se desarrolla la
explotación humana bajo el régimen capitalista. Tanto aquellas, que fueron
escritas en clave realista, como las otras, que adoptaron un formato ficcional,
son obras necesarias para ayudarnos a reconocer nuestra ubicación dentro del
sistema de clases.
A modo de ejemplo, podemos recordar que muchos obreros
rusos leyeron con avidez -antes de la revolución- “La jungla” de Sinclair, quien
retrató las condiciones de vida de los inmigrantes en Chicago y otras ciudades
industrializadas, especialmente aquellas en las que se desarrolló la industria
de la carne.
El poeta francés Jacques Prévert, con sus poemas
“Paisaje cambiante” o “Intento de descripción de una cena de mascarones en
París de Francia”, habló del sol y del paisaje. Describió al sol como un astro
privado para los explotados y al paisaje, nublado, como un producto de la vida
a la sombra del capital, a la sombra del lucro.
“Seis Buitres” de Celso Lunghi desde el terror, abordó
la historia de los trabajadores de una empresa forestal en el Chaco Santafesino.
Osvaldo Bayer, con su testimonio histórico, la Patagonia Rebelde, y David Viñas, desde la ficción, abordaron la
resistencia de los peones rurales patagónicos a la explotación de los oligarcas
sureños.
Charles Dickens, en su obra “Tiempos difíciles”, contrapuso
la vida obrera en Inglaterra a la de las clases explotadoras en el marco de la
primera industrialización. En el mismo sentido, Armando López Salinas, contó
cómo era vida de los mineros de España, en “La mina”. “Lo queremos todo” de
Nanni Balestrini, cuenta la batalla de un joven obrero italiano de la Fiat que
se levanta contra las injusticias.
Imposible olvidar a Jack London y sus comprometidos
relatos, como “El apóstata”, “La huelga general” o “El Talón de Hierro”. Él y
el resto de los autores, a través de cientos de obras distintas, nos mostraron las
condiciones inhumanas de la vida obrera dentro del capitalismo, un sistema en
el cual no existe el tiempo libre para los explotados y las explotadas.
Los socialistas luchamos por más tiempo, porque nos da
la posibilidad de elevarnos en términos intelectuales y físicos, y, al mismo
tiempo, la posibilidad de librar una lucha más abierta y contundente contra el capital.
Cada hora que le arrancamos a la patronal nos pone en mejores condiciones en la
pelea estratégica contra la explotación. Pero el socialismo no es solo una
batalla por el tiempo libre, es también, y, sobre todo, la posibilidad de
abolir toda forma de opresión y explotación.
No está de más recordar, que, en esa perspectiva, debemos
hacer todo lo posible para elevar la conciencia de nuestros hermanos y hermanas
de clase. Para eso necesitamos tiempo, un tiempo que escasea en esta época, que,
con la llegada de las redes sociales y las aplicaciones, prima la inmediatez. Volver
a los libros, el cine o el teatro ayuda a despertar las conciencias, esa es
también nuestra lucha, la razón por la que también somos socialistas
Como dijo Trotsky “En el socialismo, la solidaridad constituirá la base de la sociedad. Toda la literatura, todo el arte, se afinarán sobre tonos diferentes. Todas las emociones que nosotros, revolucionarios de hoy, dudamos en llamar por sus nombres -hasta tal punto han sido vulgarizadas y envilecidas-, la amistad desinteresada, el amor al prójimo, la simpatía, resonarán en acordes potentes en la poesía socialista”.

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