Milei, con el aval -directo o indirecto- de la oposición patronal, profundiza la implementación del impuesto antisalarial inflacionario
Por Damián Quevedo
El último
informe del INDEC sobre la evolución salarial es catastrófico, ya que el plan “motosierra”
le asestó un durísimo golpe al salario, a través del impuesto inflacionario,
que provocó la mayor caída de los ingresos obreros en los últimos 20 años.
Días
atrás, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) publicó los datos
que dieron cuenta del primer impacto en los bolsillos de la devaluación y la
liberalización de precios. El índice de salarios de diciembre apenas subió 8,9%
contra una inflación récord que alcanzó el 25,5%. Esto implicó un derrumbe del
poder adquisitivo del 13,2%.
Entre los
trabajadores del sector privado registrado, la caída fue del 11,5%. Pero fue
aún más drástica en los otros dos grandes grupos de asalariados: del 14,3% para
los informales y del 15,9% para los del sector público. “Fue la peor caída del
salario real desde la crisis de 2002”, sintetizó un informe de la Fundación
Capital, la firma fundada por Martín Redrado y coordinada por Carlos Pérez, ex
gerente general del BCRA[1].
El plan de
ajuste de Milei -apoyado, directa o indirectamente, por todos los partidos
patronales y la burocracia sindical peronista- avanza sobre la clase trabajadora.
De forma directa, licuando sueldos y jubilaciones, y, de manera indirecta, aumentando
el precio de los servicios, como salud, alquileres, transporte o la educación.
A pesar de lo
que prometen en campaña, los capitalistas solo pueden sostener sus ganancias -en
medio de la actual crisis del sistema que les da de comer- aplastando los
salarios. Esto que hace Milei, es, en definitiva, lo mismo que venía realizando
el gobierno peronista, que, a pesar del relato “nacional y popular”, liquidó
buena parte del poder adquisitivo de los laburantes.
El valor
de la fuerza de trabajo, o para decirlo en términos más populares, el valor del
trabajo, está determinado por el valor de los artículos de primera necesidad o
por la cantidad de trabajo necesaria para su producción. Por consiguiente, si
en un determinado país el valor de los artículos de primera necesidad que por
término medio consume diariamente un obrero representa seis horas de trabajo,
este obrero tendrá que trabajar diariamente seis horas para producir el
equivalente de su sustento diario. Si su jornada de trabajo es de doce horas,
el capitalista le pagará el valor de su trabajo abonándole las seis horas que
cubren su salario.
La mitad
de la jornada de trabajo será trabajo no retribuido, y, por tanto, la cuota de
ganancia arrojará el 100 por 100. Pero supongamos ahora que, a consecuencia de
una disminución de la productividad del trabajo, hace falta más trabajo para
producir, digamos, la misma cantidad de productos agrícolas que antes, con lo
cual el precio de la cantidad media de artículos de primera necesidad
requeridos diariamente subirá.
Y si los
salarios no suben, o no suben en la proporción suficiente para compensar la
subida en el valor de los artículos de primera necesidad, el precio del trabajo
descenderá por debajo del valor del trabajo, y el nivel de vida del obrero
empeorará[2].
La recesión y
la pelea por los subsidios exacerba la competencia inter capitalista, entre
aquellos cuyo volumen de capital es menor y requieren cierto grado de apalancamiento
estatal y aquellos a los que el Estado les birla una parte de sus ganancias
-con retenciones e impuestos- para garantizar esas transferencias.
En períodos
de crisis como el actual, se frena la economía y los capitales de mayor
productividad se resisten a ceder una parte de sus ganancias -provenientes de
la explotación obrera- al Estado, afectando, en los hechos, a otros sectores
burgueses, que no pueden sobrevivir sin esos fondos. En este contexto, la
licuación del salario, que no es coyuntural sino permanente, se vuelve más extrema.
Esta
situación obligará a los trabajadores a luchar por algo más que la recuperación
de sus niveles de ingreso: por la derrota del plan de ajuste y el sistema
capitalista, que resultará cada vez más insoportable. Una gran oportunidad para
que los y las socialistas agitemos nuestro programa de fondo, el que conduce a
la revolución y al gobierno de la clase obrera, apoyado en miles de asambleas y
órganos de decisión democráticos.
Para avanzar
en ese sentido, hoy es necesario levantar con fuerza la necesidad de recuperar
el poder adquisitivo, con un aumento general de los salarios, que se indexen
mensualmente de acuerdo al costo de vida. Hay que luchar, además, por el
desconocimiento de los pagos de la fabulosa deuda externa, de manera de
utilizar esos fondos en la financiación de un gran plan de obras y reactivación
de la economía nacional, que dé trabajo a millones y sirva para elevar la
calidad de vida del conjunto.
Para esto,
hay que organizar, desde abajo, un plan de lucha nacional, que desemboque en
una huelga general activa, un verdadero y potente Argentinazo, que acabe con el
ajuste y los ajustadores de turno.

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