Capitalismo, concentración y aumento de la miseria, o el peronismo y el mito del mercado interno


Las políticas de Milei, no muy distintas de las que, de haber ganado, hubiera implementado Massa, no responden a la voluntad "maligna" de ciertos burgueses de "derecha" , sino a determinadas de leyes del sistema capitalista, que, en la medida en que avanza, destruye capitales, salarios, conquistas y la propia naturaleza, para terminar concentrando las riquezas en cada vez menos manos. Esta concentración monopólica no destruye la competencia, sino que la exacerba, razón por la cual esta tienda a transformarse en guerra directa entre las potencias más grandes, como la que está gestándose entre China y Estados Unidos.

Argentina, que, como país semicolonial, no es ajena a este contexto, no puede sino responder a las mismas leyes. En ese sentido, el actual gobierno pretende acelerar el proceso de concentración monopólica, entregando todo a los grandes capitales y destruyendo conquistas obreras. No existe ninguna posibilidad de que resurja una burguesía "nacional" -de la mano del peronismo u otras variantes populistas- que, como en otros períodos, enfrente esta perspectiva y genere una época de prosperidad para los trabajadores y el pueblo. Solo la revolución socialista podrá frenar la caída a pique de los salarios y calidad de vida del conjunto. Para entender todo esto, reproducimos un artículo, titulado "Peronismo y el mito del mercado interno" que publicamos meses atrás.

Por Damián Quevedo

Existe una idea muy propagada por el sentido común, en torno a la posibilidad de salir de las crisis impulsando el mercado interno, que ha sido uno de los caballitos de batalla del peronismo en la Argentina y del neo keynesianismo en general. 

Esta política es la que impulsó Juan Domingo Perón en los años cuarenta y el kirchnerismo desde el 2003, con subsidios a los capitales más chicos (menos productivos) y a los trabajadores, a través de un aumento indirecto de salarios. Es que, tanto la parte de la ganancia de las fracciones más grandes de la burguesía local, repartida entre las fracciones más chicas del capital, surge en última instancia del trabajo no pago a la clase obrera en su totalidad, por lo tanto no es otra cosa que reparto de plusvalía.

Ahora bien, las crisis en el capitalismo surgen por el exceso de mercancías que no encuentran lugar para realizarse, es decir ser vendidas y con ello acrecentar las arcas de las patronales. Este incremento de mercancías producidas requiere, también llegado determinado punto, acrecentar los medios para su fabricación: las máquinas y eventualmente el empleo de más trabajadores, que cuando arriban estos procesos críticos son echados a la calle nuevamente.

“Para acumular, es forzoso convertir en capital una parte del trabajo excedente. Pero, sin hacer milagros, sólo se pueden convertir en capital los objetos susceptibles de ser empleados en el proceso de trabajo; es decir, los medios de producción, y aquellos otros con que pueden mantenerse los obreros, o sean, los medios de vida. Por consiguiente, una parte del trabajo excedente anual deberá invertirse en crear los medios de producción y de vida adicionales, rebasando la cantidad necesaria para reponer el capital desembolsado. En una palabra, la plusvalía sólo es susceptible de transformarse en capital, porque el producto excedente cuyo valor representa aquélla, encierra ya los elementos materiales de un nuevo capital.[1]

La posibilidad de reproducir el ciclo de expansión del capitalismo, concediendo aumentos de salarios, que para el neo keynesianismo llevaría a incrementar la capacidad de consumo de la clase obrera, tiene un límite objetivo y es que la clase obrera consume solo medios de subsistencia, los cuales varían en épocas y lugares diferentes de acuerdo a las relaciones de fuerza entre obreros y patronos, ya que si los obreros de un país cualquiera acceden a consumir una variedad mayor de productos (los que puede comprar su salario) es porque lograron quitarle al capital una tajada mayor de su trabajo.

Ciertamente, para el capitalista individual el obrero es tan buen consumidor, es decir, tan buen comprador de su mercancía (si puede pagar), como un capitalista o como cualquier otro miembro de la sociedad. En el precio de la mercancía que vende al obrero, el capitalista individual realiza su plusvalía exactamente igual que en el precio de cualquier mercancía vendida a otro comprador. Pero no sucede así desde el punto de vista de la clase capitalista en conjunto. 

Ésta sólo da a la clase obrera un libramiento sobre una parte exactamente determinada del producto total por el importe del capital variable. Por tanto, si los obreros pueden comprar medios de subsistencia, le devuelven a la clase capitalista la suma de salarios que han recibido de ella hasta el total del capital variable”[2].

Entonces queda una masa de productos que no están destinados estrictamente a la subsistencia de los trabajadores, aquella parte de la producción destinada a fabricar máquinas y herramientas sofisticadas, o mercancías como los aviones, barcos, coches de alta gama o elementos suntuarios muy caros, que no son consumidas por los obreros sino por otros capitalistas y que encuentran el mismo freno en un mercado siempre limitado. Esta realidad lleva a que entren en crisis algunas ramas de la producción, pero esto solo muestra el prólogo del estancamiento que tarde o temprano termina alcanzando al resto de los capitales, que se encuentran entrelazados en la producción social.

Como señalamos más arriba el aumento de salarios ya sea directo o indirecto, mediante subsidios, no permite a la clase obrera consumir más allá del producto socialmente destinado a su subsistencia, la parte destinada al capital variable[3], pero no le permite transformarse como clase, en consumidor del resto de las mercancías y mucho menos en el grado que el capital requiere para continuar su ciclo de crecimiento.

El desarrollo del mercado interno como medio para la salida de las crisis y la prosperidad  es uno de los mitos más comunes promovidos por peronismo y al que muchas veces la izquierda concede cierta validez, razón por la cual vemos necesario refrescar algunos conceptos elementales del marxismo que conservan validez para el análisis de la sociedad capitalista, ya que estas caracterizaciones contribuyen a la elaboración programática de un partido revolucionario y pueden tener un peso sustancial en el desarrollo de una línea acertada o empujar a graves errores políticos.


[1] K. Marx; El Capital TI.
[2] Rosa Luxemburgo; La acumulación de capital.
[3]  K Marx El Capital TI. “Las mismas partes integrantes del capital, que se distinguen desde el punto de vista del proceso de trabajo como factores objetivos y subjetivos, medios de producción y fuerza de trabajo, se diferencian desde el punto de vista del proceso de valorización como capital constante y capital variable”.

El mito del mercado interno 

Hay historiadores que atribuyen -de manera unilateral- el magro desarrollo capitalista de Argentina a la fertilidad de sus tierras, que por ser tan ricas fomentaron la existencia de una clase terrateniente ociosa, distinta a la que tuvo lugar en los Estados Unidos, que desarrolló una poderosa industria vendiéndole sus productos a millones de “farmers”, los pequeños propietarios rurales poseedores de un gran poder adquisitivo.

Esta idea, desligada de otros elementos que hicieron al desarrollo de nuestra débil clase capitalista -en contraposición al de sus pares estadounidenses- relacionándola solo a las características de sus mercados internos, es insuficiente para comprender las razones por las que ciertos países han podido o no crecer, ya que el avance de la burguesía no responde a la vitalidad de esos pequeños capitales.

Lo que distinguió al capitalismo naciente de la vieja sociedad feudal, de la que emergió; al burgués del artesano, es justamente la capacidad de producir más mercancías en un tiempo considerablemente menor. Para conseguirlo fue necesario el surgimiento de la manufactura primero y de la gran industria después. ¡Fue el tamaño productivo el que hizo la diferencia, porque este y la división del trabajo crearon las condiciones objetivas para inundar de mercancías a las sociedades que hasta entonces se fundaban en la pequeña producción artesanal!

En ese mismo sentido, en los EEUU no fueron los granjeros del norte quienes sentaron las bases de lo que hoy continúa siendo la súper potencia más poderosa del planeta, sino las grandes extensiones -capitalistas- de tierra del sur y la producción algodonera, basada contradictoriamente en la mano de obra esclava que abastecía las fábricas textiles de Manchester, en Inglaterra. Esta relación, diría Trotsky, tenía un carácter “desigual y combinado”.

“El régimen gremial de la edad media restringió a un máximo muy exiguo el número de trabajadores a los que podía emplear un solo maestro. El poseedor de dinero o de mercancías no se transforma realmente en capitalista sino allí donde la suma mínima adelantada para la producción excede con amplitud el máximo medieval. Se confirma aquí, como en las ciencias naturales, la ley descubierta por Hegel en su Lógica…”[1]

Esta misma relación, en cuanto a niveles de productividad, existe hoy por hoy entre los capitales más chicos y los más grandes y concentrados. El empleo de mayor fuerza de trabajo, en las pequeñas industrias, es porque son menos eficientes, ya que no cuentan con capitales y recursos tecnológicos como las más grandes. Existe una tendencia en el capitalismo a reducir la cantidad de trabajadores destinados a una producción, por eso cuando las empresas de ciertas ramas crecen allí aumenta la utilización de maquinarias, supliendo en gran medida el trabajo de los obreros, aunque sin llegar jamás a prescindir del trabajo humano, que es el que “valoriza” los productos.

Por esta razón los capitalistas pequeños tampoco pueden absorber la sobre producción derivada de las crisis, ya que esencialmente consumen materias primas, muchas veces importadas, pero no productos con un alto valor agregado, como las maquinarias pesadas. El otro elemento que hace que las llamadas Pymes no puedan constituirse en motor económico -mucho menos de un capitalismo tardío y dependiente como el de Argentina- es que no están en condiciones de subsistir por sí solas, ya que dependen de la gran producción, de la que son subsidiarios. 

En ese marco no pueden sobrevivir a la competencia entre capitalistas, que tiende a eliminar a los capitales menos productivos, sin contar con la transferencia de parte de la plusvalía extraída a los obreros de las grandes empresas, capital que el Estado les otorga en forma de subsidios. En el caso argentino, existen quince programas diferentes de subsidios para Pymes[2], en el caso de la provincia de Buenos Aires son pocas las empresas que subsisten sin ayuda estatal.

Recientemente el gobierno provincial realizó un  “convenio entre el Banco Provincia y el Fondo de Garantías Bonaerense (FOGABA) para el otorgamiento de garantías en los créditos emitidos por el BAPRO para pago de sueldos y capital de trabajo para MiPyMEs. Este convenio lo que busca es garantizar a las PyMEs que requieran de financiamiento reinsertar en el sistema financiero a las empresas que hayan tenido incumplimientos en el pago de los créditos con el aval de Fogaba y otorgar garantías por un monto mayor en un contexto de mayor estabilidad”[3].

Las pequeñas empresas son también las que mantienen la mayor parte de los trabajadores en “negro”, sin aportes jubilatorios o cobertura de salud, situación a la que recurren para poder competir con las empresas más grandes. Por eso siempre terminan siendo las que más exprimen a sus empleados, que trabajan allí en las peores condiciones.

Embellecer a los pequeños empresarios, como emprendedores honestos casi sin intereses mezquinos, como si los tendría el capital financiero, es una de las más burdas patrañas del populismo pequeño burgués, que en el fondo nunca asumirá que estas empresas no solo no pueden impulsar el desarrollo de un país, sino que constituyen una carga para la sociedad, siendo por lo tanto uno de los mayores síntomas del atraso social.

La izquierda revolucionaria no puede capitularle al mito de las Pymes “buenas”, debe señalar que el carácter reaccionario de estas es igual o mayor que el de las grandes, del capital financiero o cualquier otro, razón por la cual en las actuales circunstancias no habrá ningún tipo de salida progresiva en base a estas, sino a la expropiación del conjunto a través de un gobierno de trabajadores que inicie el camino hacia el Socialismo


[1] El Capital, libro primero.
[2] https://www.argentina.gob.ar/tema/emprender/financiamiento
[3] https://www.infobae.com/economia/2020/04/29/kicillof-anuncio-credito-blando-para-las-pymes-y-el-comercio-electronico/

Como vimos en notas anteriores, el estrecho marco de las fronteras nacionales es absolutamente insuficiente para que el Capitalismo coloque la sobre producción de mercancías, que sucede durante diferentes períodos de su desarrollo, en forma de “ciclos”, como el que estamos viviendo en la actualidad. Una expresión concreta de esa producción excesiva, es la crisis petrolera, cuyos precios se han hundido porque no existen los compradores suficientes para llevarse el crudo puesto en el mercado por los productores, esto quiere decir que la “oferta” supera con creces a la “demanda”.

El exceso de mercancías es una consecuencia directa de la falta de planificación productiva, o, dicho con otras palabras, de las características “anárquicas” que constituyen el mercado capitalista, para el cual cada capitalista produce de acuerdo a sus necesidades particulares, que están obviamente orientadas hacia un solo objetivo: la búsqueda de una mayor ganancia. La competencia de estos burgueses con otros capitales de igual o mayor tamaño, empujan a todos ellos a acrecentar su capital y buscar la reducción de los “costos productivos”, de forma tal que puedan colocar en el mercado mercancías más baratas que las de sus competidores, que es la manera en que algunos capitalistas van eliminando a otros y adueñándose del mercado.

En ese sentido, existe un camino para abaratar las mercancías, que es achicando su costo de producción bajando el precio de la única mercancía que otorga valor a las otras, que es el trabajo humano. Esta reducción puede ser directa -achicando el salario nominal- o indirecta, aumentando las horas laborables o haciendo que estas transcurran con mayor intensidad, o sea “flexibilizándolas”. Otra forma de reducir costos es incrementando el capital, convirtiéndolo en un capital más grande y productivo, incorporando maquinarias y tecnologías nuevas, mucho más eficientes. Este proceso es lo que se denomina reproducción ampliada del capital, o más sencillamente, acumulación.

El problema para los capitalistas, es que esta última opción modifica lo que se denomina “composición orgánica del capital”, que es la relación entre el trabajo vivo - los seres humanos que le dan “valor” a las mercancías- y la parte del capital compuesta por maquinarias y todos los recursos materiales “sin vida”, que sirven para poner en marcha la producción. Concretamente, al disminuir la cantidad de operarios/as que “valorizan” los productos, por más que las máquinas aumente la producción en términos cuantitativos, se genera una “desvalorización” de los productos, imponiendo la tendencia a la baja de la tasa de la ganancia, lo cual obliga a los capitalistas a súper explotar a sus empleados, para sacarles el “valor” perdido mediante el aumento de su “productividad”.

“Con la progresiva disminución relativa del capital variable respecto al capital constante, la producción capitalista genera una composición orgánica crecientemente más alta del capital global, cuya consecuencia directa es que la tasa de plusvalor, manteniéndose constante el grado de explotación del trabajo e inclusive si éste aumenta, se expresa en una tasa general de ganancia constantemente decreciente (...) La tendencia progresiva de la tasa general de ganancia a la baja sólo es, por tanto, una expresión, peculiar al modo capitalista de producción, al desarrollo progresivo de la fuerza productiva social del trabajo.[1]

En determinadas circunstancias existe la apariencia de que la ganancia del capital crece porque este aumenta en cantidad. Sin embargo, la relación entre el dinero desembolsado para incorporar capital “muerto” -máquinas- y la ganancia neta, resulta desfavorable para los inversores, lo que significa, en términos más coloquiales, que el costo supera al beneficio.

“Si se aplica el análisis de Marx con rigor, se hace evidente que la evolución de la tasa de rentabilidad no puede compensar este incremento de forma permanente. A diferencia de la rentabilidad, limitada por el tamaño de la fuerza de trabajo, el stock capital crece sin límite. Puede alcanzar una evolución tan importante que no hay reducción de salarios, no importa cuán grande sea, que pueda compensar este efecto en la tasa de ganancia. Así, incluso la tasa de beneficios en EEUU calculada en términos tradicionales habría caído al 15% en 1980. Ni siquiera un recorte salarial del 50% –aplicado sin precedentes durante el fascismo- pudo reponerla hasta el 20%[2]”.

Este proceso, denominado por el marxismo como “Baja tendencial de la tasa de la ganancia”, obliga permanentemente a los empresarios a atacar los salarios y las condiciones laborales, buscando el incremento del beneficio, que ocurre cuando logran apropiarse de una tajada mayor del “plusvalor” generado por los trabajadores. Esa lucha por la “plusvalía”, que es la base de la ganancia capitalista, no depende de la voluntad o características personales de los burgueses, es inevitable debido al accionar de la ley de la baja de la tasa de la ganancia, que empuja siempre a la burguesía a “apretar las tuercas” de la explotación humana. ¡No habrá manera de romper con esta lógica, sin romper con el sistema que le da lugar, que es el capitalismo!

Esta realidad, junto con los ciclos constantes de súper producción, son dos de los factores principales de las crisis capitalistas, que explotan cada vez con más asiduidad y profundidad, exacerbadas por el propio desarrollo tecnológico. Sin embargo, continúan siendo las relaciones de fuerza en la lucha constante entre las clases -burguesía y proletariado- el centro del problema, que para resolverse, aunque sea circunstancialmente, requiere la destrucción de fuerzas productivas, de manera de recrear nuevos “ciclos virtuosos”, desde el punto de vista del capitalismo.

Nuevos ciclos en los cuales -luego de aumentada la “productividad” obrera, a través de la imposición de pautas flexibilizadoras más potentes que las que estaban vigentes- aparezca un mercado donde la “demanda” supere a la oferta, como sucedió luego de las Guerras Mundiales. El problema, en términos de la lucha de clases, es que hoy por hoy la burguesía imperialista no cuenta, como en esas ocasiones, con la anuencia de millones de proletarios dispuestos a alistarse en las filas de sus ejércitos, para ir a una nueva carnicería mundial. Esto es así, porque a lo largo y a lo ancho del planeta, lo que prima no es la “quietud” obrera, sino por lo contrario, un proceso de rebeliones.

Entonces, si sumamos a la crisis de súper producción, la profundización de la caída de la tasa de ganancia capitalista y el ascenso de las luchas del movimiento de masas, nos encontramos con lo que podríamos denominar la “tormenta perfecta” para los capitalistas, o, en otras palabras, la “gran oportunidad” para los/as de abajo, de acabar de una vez y para todas con este sistema explotador, que ya no tiene razón de ser.

Como dijimos en las dos notas anteriores, la crisis actual, que se produce por una combinación inédita de estos tres elementos, no podrá ser superada, como plantean los “populistas” o “progresistas”, con una “reactivación del mercado interno” o parches. ¡El Capitalismo, en su etapa de mayor putrefacción, no tiene posibilidad de ser reformado! El Capitalismo, para no transformarse en Barbarie, que es a lo que vamos sino se lo supera de forma positiva, debe ser reemplazado por el único sistema que, desarrollando como nunca antes la productividad humana, ponga a esta no al servicio de la ganancia de unos pocos, sino para satisfacer las necesidades de las mayorías.

Este fenomenal aumento de la productividad, que se hará mediante el control democrático de las bases de sus empresas y la planificación de las economías nacionales, a través de gobiernos obreros y populares, quebrará la lógica infernal de las crisis generadas durante la existencia del Capitalismo y otras sociedades de clase, dando lugar a la existencia de lo que Marx denominó el “Reino de la Libertad”, donde el trabajo deje de ser una carga para convertirse en el recurso para la satisfacción de las necesidades del conjunto.   


[1] K. Marx, El Capital, libro III.
[2] http://www.vientosur.info/IMG/pdf/Las_causas_de_la_crisis_en_EEUU.pdf


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