Reducción de la jornada laboral, otro verso peronista para meter más y peores condiciones de trabajo
Por Claudio Colombo
Para tomar una real dimensión de la profundidad de la crisis que atraviesa el capitalismo, basta con prestar atención al debate sobre reducción de la jornada laboral que ha surgido nuevamente entre representantes de los partidos patronales y los burócratas sindicales. Ahora, esta consigna, que formó parte de la lucha obrera desde aquel heroico primero de mayo de 1886, ha sido retomada por el mismísimo Sergio Massa.
Los avances de la ciencia y la tecnología permitirían trabajar mucho menos, lo necesario para producir lo que haga falta para vivir bien. Sin embargo, de la mano de los empresarios, esta consigna no significará ningún avance de las condiciones laborales. ¡Cuando los capitalistas prometen “beneficios” sociales, los y las de abajo deben levantar la guardia, porque, siempre, estos cantos de sirena ocultan ataques a los derechos obreros!
En línea con una tendencia mundial, el parlamento chileno aprobó esta semana la reducción de la jornada laboral. Luego el gobierno español puso en marcha un proyecto piloto de semana laboral de cuatro días en pequeñas y medianas empresas. En Argentina hay distintos proyectos de ley en esta dirección, pero el debate aún no avanzó[1].
La repercusión en Argentina de esta tendencia, impulsada por la Organización Internacional del Trabajo, OIT, que fue parte de la política de los estados europeos en el período de posguerra, está siendo motorizada por la burocracia sindical peronista, que, el primero de mayo, la volvió a agitar. Los dirigentes traidores, sin resolver ninguna medida de lucha al para concretarla, "pidieron discutir la reducción de la jornada de trabajo"[2].
Este planteo no es casual, ya que tiene lugar en este preciso momento histórico, en el cual los impulsores de la reducción horaria no quieren garantizar mejores condiciones de vida para los proletarios, sino resolver, o al menos emparchar, la crisis terminal que sufre el sistema capitalista, que se hunde en un proceso de súper producción nunca visto.
Una consigna no es
correcta o incorrecta en sí misma, sino que depende del contexto, por lo tanto,
de la situación en la que se utiliza, que, en un marco concreto, puede ayudar a
movilizar a la clase obrera y ser progresiva. Pero, en una situación diferente,
ese mismo slogan puede convertirse en una trampa, en una línea nociva para los
trabajadores.
Para entender el valor de la propuesta en cuestión, los socialistas debemos, por principio, dudar de las intenciones de los agentes de la patronal, porque sabemos que lo único que defienden es la ganancia de sus amos. Una vez planteada esta duda, cabe preguntarse la siguiente pregunta: ¿Por qué aparece ahora y qué se esconde detrás?
El capitalismo atraviesa una crisis inédita, que es, como todas las anteriores, de sobreproducción. Por esa razón hay despidos, inflación, quiebras de bancos y una guerra comercial entre potencias, que luchan entre ellas para quedarse con un mercado que se achica cada vez más. En ese marco, la única manera que tienen los burgueses es llevar adelante una guerra, entre ellos mismos y, principalmente, contra la clase trabajadora, para que produzca más y en pésimas condiciones.
Cuando se producen estas crisis, que son periódicas y cada vez más cercanas entre sí, la ganancia del capital cae abruptamente debido a la imposibilidad de realizar su ciclo de reproducción, que culmina -positivamente para los capitalistas- con la venta de las mercancías fabricadas. Cuando esto sucede, los patrones tienen que apagar las máquinas, porque a medida que sigan produciendo por encima de lo que el mercado puede absorber -que en tiempos recesivos cae abruptamente- pierden capitales en lugar de acrecentarlos.
Los progresistas y burócratas sindicales promueven la reducción de la jornada laboral para colaborar con medidas que acompañen la ralentización del proceso económico. Esto, que parece implicar un costo mayor para los patrones y un avance para la clase obrera, en realidad responde a una necesidad de aquellos capitalistas que necesitan frenar sus máquinas.
Incluso, aunque los trabajadores ganen algo más nominalmente, esta medida, propuesta por quienes décadas atrás proponían protestar como los japoneses - trabajando más- beneficia mucho más a las patronales, porque siempre va de la mano de una mayor flexibilización de las condiciones de trabajo. Esta tendencia ya se empezó a manifestar con el trabajo “virtual”, que significa que los hogares obreros, en vez de ser el lugar en el que se descansa, se están convirtiendo en una dependencia externa de la fábrica.
Los revolucionarios debemos denunciar los planteos burgueses, explicando que la única manera de reducir la jornada será evitando que vaya acompañada de flexibilización y precarización laboral. Este tipo de medidas tienen que ser controladas por comisiones obreras, que resuelvan cómo ponerlas en marcha e impulsen la lucha por contratar a nuevos trabajadores que se encarguen de producir durante el tiempo libre vacante.
Los trabajadores deben discutir cómo y cuánto producen y en función de qué objetivos, razón por la cual el control obrero de la producción y la apertura de los libros de las empresas, son dos consignas que tienen que acompañar a esta medida. Tienen que ser los trabajadores -no los patrones o los burócratas- quienes resuelvan cómo implementarla, a partir de un conocimiento profundo de la situación en que se encuentran sus fuentes laborales.
La combinación de
ambas consignas está íntimamente ligada a la estrategia de los socialistas: la conquista
del poder por parte de la clase obrera, que, apoyada en sus asambleas
democráticas, puede y debe poner en marcha otro “modelo” de país, cuyos planes
no estén atados a la sed de ganancia de los capitalistas, sino al beneficio del
conjunto, eso es el socialismo.
[1] Página12 18/05/2023
[2] Infobae 02/05/2023

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