Por Damián Quevedo
El capitalismo es un modo de producción que nace entre los siglos XVII Y XVIII, época en la que vive un proceso de crecimiento y expansión, atravesado por crisis cíclicas hasta fines del siglo XIX. En ese momento, cuando nace la etapa imperialista, este sistema alcanza un nivel de desarrollo, que produce una transformación sustancial en toda la sociedad.
El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia de primer orden la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto del mismo entre los países capitalistas más importantes[1].
Luego de dos guerras mundiales, en las que se definió el orden mundial en el siglo veinte, que le permitieron al capitalismo superar la crisis más profunda que había atravesado hasta entonces y lograr un nuevo ciclo de acumulación, el imperialismo entra en una nueva crisis. Las características esenciales de la misma fueron descritas por Marx, quien la caracterizó como de gran estancamiento, causado por la sobreproducción de mercancías.
Este ciclo, que comienza a mediados de la década del 70, con la llamada crisis del petróleo, se desenvuelve como una onda larga de declive tendencial, dentro de la que existen ciclos de expansión que sostuvieron la reproducción del capitalismo, pero que tienen lugar en esa fase de agonía del capitalismo, que se mantiene y profundiza cada vez más.
Esta crisis
prolongada tuvo picos en 1990, 2008 y 2019, a pesar de que el sistema recibió
una bocanada de oxígeno debido a la caída de la burocracia estalinista y la
apertura de un inmenso mercado en el este europeo y asiático. Sin embargo, todo
esto no sirvió para salir de la “onda larga” de crisis que empezó en los 70,
porque no alcanzó para absorber la inmensa masa de sobreproducción existente.
Ante la imposibilidad de resolver el estancamiento de las fuerzas productivas como en el siglo XX, con guerras que destruyen el capital sobrante, la burguesía consiguió momentáneamente un acuerdo inédito para atacar de conjunto al movimiento de masas. Desde nuestra corriente, lo hemos denominado “Contrarrevolución Covid”, un intento fenomenal de desmovilizar a los trabajadores y los pueblos, metiéndolos en sus casas con las cuarentenas y otras restricciones a las libertades individuales.
Sin embargo, esta ofensiva descomunal contra los y las de abajo fue derrotada con la movilización, ya que millones, a lo largo y a lo ancho del planeta, se negaron a perder derechos elementales, como el de transitar libremente por las calles. Esta victoria obrera y popular, que tuvo su pico máximo en China, con la retirada de las políticas de “Covid Zero”, exacerbó la crisis que los imperialistas pretendían resolver. Por eso, hoy estamos en una situación peor que la de antes de 2020, con una recesión de más de tres años, un proceso inflacionario mundial y las grandes potencias al borde de una guerra directa.
El capitalismo no encuentra salida a esta debacle, que, como seguirá agravándose, puede llegar a sumergir a la humanidad en una novedosa y terrible situación de barbarie. No hay grupos o fracciones de la clase dominante que se opongan a este proceso o que cuenten con un proyecto alternativo, todos los capitalistas apuestan a una sola receta, que es la de desmovilizar para convertir a los laburantes en mano de obra esclava.
Sin embargo, esta perspectiva les resultará más que difícil de concretar, porque la clase obrera mundial no está dispuesta a agachar la cabeza, como lo demuestra su vanguardia, el proletariado francés, que viene dando peleas importantísimas contra el gobierno de Macron. En ese marco, tiene lugar a guerra comercial entre las potencias, sin que ninguna de estas represente una salida progresista.
La actual “multipolaridad”, saludada y reivindicada por los progresistas de todo el mundo, es el producto de la pérdida de hegemonía del imperialismo yanqui, que, sin embargo, cuyo trono no ha sido ocupado por ninguna otra potencia. Esta realidad no es otra cosa que la norma dentro del capitalismo, ya que este sistema no es estable, sino todo lo contario, porque implica, en su etapa de mayor desarrollo, una lucha salvaje entre las grandes potencias por los mercados.
En esta guerra no hay beneficio alguno para los trabajadores, ya que la burguesía, sobre todo en los países semicoloniales, buscará equiparar ganancias con el resto de los capitalistas, acrecentando la explotación obrera. La única salida posible para los y las de abajo es enfrentarse y derrotar al imperialismo, rompiendo lazos con todas las potencias. ¡El mundo será testigo de nuevas y más potentes batallas anticoloniales, en las que se definirá el futuro de la sociedad!
Los luchadores y las luchadoras que decidan encarar estas nuevas guerras por la liberación nacional, para ganarlas, deberán ir a fondo, atacando la raíz del problema, que es el modo de producción capitalista, hoy en su fase imperialista. Por esa razón, el único sector social que puede llevar la contienda hasta el final, es la clase trabajadora, que, por razones objetivas, es la que más se beneficiará con la independencia nacional en sus respectivos países.
Los trabajadores representan a la única clase que no obtiene ningún beneficio ni tiene ninguna ligazón con el imperialismo, ya que sus intereses son absolutamente contrapuestos, antagónicos. Ya no existen “burguesías nacionales” capaces y dispuestas a enfrentar a las potencias, porque todas, absolutamente todas, están subordinadas a estas.
La izquierda debe ponerse al frente de esta lucha, de manera de impulsar la organización de un amplio movimiento antiimperialista, asentado y conducido por la clase obrera. La lucha contra el imperialismo en estas condiciones, puede ser victoriosa sólo si culmina en un gobierno de trabajadores, que resuelva, apoyándose en los órganos democráticos de su clase, expropiar a la burguesía.

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