Por Juan Giglio
Nahuel
Moreno fue, sin dudas, el dirigente más importante del trotskismo
argentino y uno de los más influyentes a nivel internacional, ya que tuvo el
mérito de instalar las ideas de León Trotsky en el seno de uno de los
proletariados más combativos del mundo y se jugó a intervenir
en los procesos más avanzados de la lucha de clases de otros países, practicando
un audaz y dinámico internacionalismo.
Moreno no hacía propaganda de la realidad -como hacen muchas sectas que se
reivindican trotskistas no hacen otro cosa que “periodismo revolucionario”- ya
que siempre trató de transformarla, aprovechando todas las oportunidades,
incluso las más pequeñas, con el propósito de convertir al partido nacional e
internacional en un agrupamiento capaz de influir al movimiento de masas.
Varias
camadas del activismo obrero fueron educadas por el “morenismo”, que les
inoculó “anticuerpos” contra las políticas de colaboración de clases. En ese
sentido, textos suyos, como “La traición de la OCI” -criticando la capitulación
de los trotskistas franceses a la socialdemocracia de Mitterrand- o “Lora
reniega del Trotskismo” -desnudando la estrategia frente populista del POR
boliviano dirigido por Félix Lora- mantienen una vigencia excepcional.
En “El Partido y la Revolución” Moreno polemizó con el dirigente del
Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, Ernst Mandel, anticipándose a
un debate que hoy cruza las filas del trotskismo, ya que un sector fue ganado
por las ideas –filo frentepopulistas- del teórico italiano Gramsci. Estos, al
igual que los mandelistas, no elaboran su programa con la mira puesta en el
movimiento de masas, sino de sus vanguardias, promoviendo políticas
equivocadas.
“Conceptos
políticos elementales” es un folleto simple pero genial, porque sirve para que
la militancia revolucionaria conozca y maneje herramientas fundamentales para
enfrentar los desafíos de la lucha de clases. Algo parecido sucede con “Problemas
de Organización”, donde Moreno educa brillantemente, cómo organizar al
activismo, la militancia y la periferia partidaria, adaptando las formas a las circunstancias,
sin atarse a ningún dogma organizativista.
Sin embargo, consideramos que Moreno se equivocó al sobredimensionar las revoluciones
de post guerra, definiéndolas como “socialistas”, porque no alertó en cuanto a que,
si bien estas dieron un paso expropiando a la burguesía -Cuba, China,
Yugoeslavia o Vietnam- terminaron fortaleciendo al aparato
contrarrevolucionario más siniestro de la historia, la burocracia de los
Partidos Comunistas, que las estrangularon desde adentro y utilizaron para
frenar el ascenso revolucionario obrero y popular mundial.
En ese sentido, Moreno subestimó la ausencia de revoluciones conscientes, que
sólo pueden crecer y fortalecerse cuando la clase trabajadora asume -a través de
sus organismos democráticos- la conducción de los nuevos estados proletarios,
algo que en la historia se pudo concretar en pequeñísimos y limitados momentos
de la historia, como en la Comuna de París o los primeros años, quizá meses, de
la Revolución de Octubre. Con esa caracterización Moreno desorientó a sus continuadores, que no por
casualidad terminaron construyendo frentes políticos con el stalinismo cuando
este aparato explotaba a nivel internacional, debido al colapso de los Partidos
Comunistas de Rusia, China y el este europeo.
Esta equivocación teórica desarmó política y metodológicamente a la Liga
Internacional de los Trabajadores y a su principal partido, el Movimiento al
Socialismo de Argentina, que se partieron dando lugar a varias tendencias,
que se dividieron en dos grandes bloques: Las dogmáticas, que
reivindican al fundador de la corriente, pero sin criticar nada de lo que
elaboró, como el MST e Izquierda Socialista. Por el otro lado, están las que
revisaron al morenismo, como el PTS, que terminaron adoptando las concepciones
de Gramsci.
Hugo Mario Bressano, nombre que figura en la partida de nacimiento de Nahuel
Moreno, nos dejó pilares sobre los cuales podemos y debemos apoyarnos para
hacer política revolucionaria, aunque la mejor manera de practicar el
“morenismo” no es tomarlo como un dogma o una religión, sino
criticándolo. El programa se tiene que construir como las casas que ponen
en pie los obreros con sus propias manos, que aprovechan los cimientos sólidos
que les dejaron sus padres, pero no vacilan un instante cuando deben tirar paredes
u otras estructuras.

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