La crisis del régimen y la utilidad o no de agitar ciertas consignas democráticas, como la Constituyente


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

Los pocos días que le quedan a este año parecen una eternidad para Alberto Fernández, cuyo gobierno se cae en picada a un ritmo cada vez más veloz, atravesado por una crisis casi sin precedentes. Esta vez, la pelea por la coparticipación puso al presidente al borde del juicio político, acusado de desacatar la decisión de la corte.   

En ese contexto y por miedo a seguir exacerbando la crisis, el gobierno nacional terminó cumpliendo con la decisión judicial, aunque realizando el pago mediante bonos, que es, en los hechos, una forma legal de seguir manipulando la caja. ¡Todo esto no hizo más que exacerbar la crisis y eliminarle cualquier esperanza de reelección, lo cual, con Cristina por fuera de las candidaturas, deja al peronismo knock out!  

Desde la recuperación de la democracia no se encara un proceso de renovación presidencial con esa acumulación de falta de certezas para una sociedad que en su mochila lleva una pandemia sin precedente, una economía estancada durante casi 11 años, una pobreza de casi el 40%, una regresiva distribución del ingreso, una caída del poder de compra de los salarios durante un quinquenio y una deuda interna y externa asfixiante[1] 

Las próximas elecciones serán una catástrofe política, no solo para el oficialismo, sino para el principal frente opositor patronal, que está metido en una lucha interna sangrienta. La situación crítica es tan grande, que la preocupación del gobierno es solamente llegar a los comicios, perspectiva que ni siquiera está garantizada.  

Por eso, tanto el poder ejecutivo como los gobernadores bajaron el tono a la discusión sobre los fondos. Aunque los caudillos provinciales dependen fuertemente de la coparticipación, todos coinciden en que profundizar la batalla con la Corte Suprema debilitará aún más al gobierno. ¡A esta altura cualquier cimbronazo, por más leve que sea, pone en riesgo la gobernabilidad!  

La izquierda puede aprovechar esta situación excepcional si sus organizaciones más importantes, las del FITu, dejan de estar subordinadas a la agenda que les marca el populismo. Para eso, tienen que abandonar la política centrista hacia el progresismo, señalándole a la clase obrera que la única salida es echarlos a todos a través de un Argentinazo que imponga un gobierno obrero y popular.  

Perú y el debate sobre la Constituyente

Las crisis políticas crónicas que viven los países del sur de América actualizan debates estratégicos, que, en la medida en que avance la crisis, se plantearán en nuestro país. Estos tienen que ver, con la existencia o no de golpes de Estado y la utilidad o no -para los trabajadores- de luchar por salidas dentro del régimen democrático burgués, como la asamblea constituyente, que es una de las demandas centrales encaradas por la izquierda en Perú.  

Estamos convencidos de que, en la última década, no ha habido golpes de estado en la región sino cambios de mando de personajes que no se han propuesto cambiar lo esencial de la actual institucionalidad “democrática”. Hablamos de grandes peleas entre partidos y representantes de la patronal, que, aprovechando la agonía del régimen político, se juegan a adueñarse del manejo de la caja del Estado.  

En ese sentido, la consigna de asamblea constituyente en vez de empujar a las masas a profundizar y radicalizar sus aspiraciones democráticas, termina convirtiéndose en una trampa, como sucedió en Chile, donde los capitalistas la utilizaron para desmontar el proceso revolucionario de 2019. Para que la constituyente u otros reclamos parecidos, como el adelanto de las elecciones generales, juegue un papel “transicional”, debe estar acompañada con planteos que ayuden a construir la autoorganización y la autodefensa de la clase obrera y el pueblo.  

Por esa razón, en Perú acompañamos los reclamos democráticos de las masas, diciéndoles que las elecciones -a constituyente- tienen que estar organizadas, controladas y defendidas por las asambleas y milicias obreras, populares y campesinas. De esa manera alentamos lo más importante, que es la construcción del poder obrero y popular, sin el cual no habrá ninguna posibilidad real de imponer un cambio social profundo.  


[1] La Nación 26/12/2022

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