Odio de clase, el combustible fundamental de la revolución


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

Luego del insulto -para la mayoría de los trabajadores- del incremento del 20% en cuotas en el salario mínimo, acordado por los burócratas sindicales, otros parásitos, los legisladores de los partidos patronales, se aumentaron las dietas con cifras obscenas. A pedido de las autoridades de los bloques del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio, los salarios fueron descongelados para que una vez más puedan ir “enganchados” con la paritaria de trabajadores legislativos[1] 

A pesar de que, como señalaron los mismos legisladores, el incremento del 30% está por debajo de la inflación, la suma final contado gastos de representación y desarraigo, que suman alrededor de $90.000, estaría muy por encima de la indigencia. Diputados y senadores tendrán un aumento salarial del 30% a partir del 2023, después de que sus dietas estuvieran congeladas durante todo el año. Se estima que los sueldos de los legisladores podrían rondar los $500.000[2] 

En medio de una escalada inflacionaria, que es un ataque sistemático a los trabajadores, millones de los cuales apenas cubren la mitad de la canasta básica, una vez más el peronismo y la oposición patronal demuestran que entre ellos no existe grieta en las cuestiones de fondo. ¡Todos y todas han dejado en claro el papel mercenario que juegan los legisladores al servicio de las patronales!  

Estos actos de piratería no son nuevos en las instituciones capitalistas, todo lo contrario, forman parte de los premios que reciben quienes se ponen al servicio de las grandes multinacionales para despojar a los trabajadores. Sueldos siderales y chanchullos en los contratos del Estado, en la obra pública y en el manejo discrecional de fortunas que van a empresas propias o de amigos, mientras reducen el presupuesto para educación y salud o condenan a la miseria a los jubilados.  

Estos mercenarios, que viven del parasitismo sobre el Estado, esa enorme maquinaria burocrática que el capitalismo necesita para atender sus negocios y mantener a raya a la clase obrera, actúan como legisladores, jueces, uniformados y una enorme lista de personas que cumplen ese nefasto oficio. Esa es la esencia del Estado capitalista, por eso los revolucionarios luchamos por terminar con esa herramienta de corrupción y opulencia.  

Para eso, tenemos como horizonte lo mejor de las experiencias de la clase obrera internacional, como sucedió durante la primera revolución social de esta época, la Comuna de París, que demostró que los trabajadores podemos organizar la sociedad sobre bases superiores. En apenas tres meses, en medio del asedio de los ejércitos burgueses,  "la Comuna dispuso que la remuneración de todos los funcionarios administrativos y del gobierno no fuera superior al salario normal de un obrero"[3] 

El ejemplo de la gloriosa Comuna, cuando los trabajadores y las trabajadoras “alcanzaron el cielo con sus manos, debe orientarnos en el camino de la revolución, un rumbo que se abona con el necesario odio de clase de los y las de abajo para con los y las de arriba. La tarea de las organizaciones que se reivindican socialistas es alentar este justo sentimiento, que es, en definitiva, el combustible de la revolución.



[1] Infobae 23/11/2022

[2] El Cronista 24/11/2022

[3] V.Lenin; En memoria de la Comuna, 1908.

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