Piquetes de autodefensa de los teamsters, un ejemplo concreto de cómo deben actuar los trabajadores frente a sus enemigos de clase
Texto de Bryan Palmer, escrito en 2014
88 años atrás se produjeron -durante siete meses- tres grandes huelgas de los "Teamsters", camioneros del estado de Minneapolis. Estas acciones, que fueron dirigidas por los trotskistas del SWP, Socialist Workers Party, sentaron las bases para un nuevo tipo de sindicalismo, dejando enseñanzas muy valiosas para los luchadores y las luchadoras que actualmente enfrentan a sus patronales, al gobierno y a la podrida burocracia sindical.
Muchos años después, un integrante del comité de lucha que condujo estas huelgas, sintetizó lo que para él fue el elemento central que les permitió encarar semejante combate contra la burguesía y sus instituciones: "Realmente, el poder del movimiento estaba en las bases, pero estas bases necesitaban de un liderazgo que las guiase. No me importa lo bueno que pueda ser un ejército si no dispone de un buen general".
Las batallas que se avecinan, en un marco general de ascenso que está empujando a las masas a insurreccionarse -Ecuador, Chile, Bolivia, Haití, Colombia, etc.- volverá a poner a la clase obrera argentina en un lugar de vanguardia. Sin embargo, no habrá manera de derrotar al nuevo gobierno, que apelará a políticas de engaño la represión, sin construir un "estado mayor" revolucionario capaz de conducir las luchas hacia victorias tácticas y estratégicas.
Las enseñanzas de los "Teamster", guiados por los trotskistas norteamericanos del SWP de James Cannon, Farrell Dobbs y George Novak, continúan vigentes. La nueva vanguardia debe tomarlas como propias, para encarar eficazmente la construcción de las asambleas, coordinadoras de base y piquetes de autodefensa que reclaman las actuales circunstancias. Por todo esto, reproducimos un artículo escrito por Bryan D. Palmer, quien es autor de Revolutionary Teamsters: The Minneapolis Truckers’ Strikes of 1934, Haymarket Books, mayo 2014 - Chicago:
Los camioneros revolucionarios
En la década de 1920 Minneapolis estaba dominado por la reacción, por la patronal anti sindical, que estaba organizada en la potente Alianza Ciudadana, creada en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Esta Alianza elaboró una lista negra de los activistas sindicales, persiguió a los radicales y contrató espías, guardias de empresa y soplones. Las huelgas fueron aplastadas. Minneapolis era conocida como el paraíso de los esquiroles.
Los sectores radicales comprendieron la dimensión de su derrota. En la manifestación del 1 de Mayo de 1929 en Minneapolis sacaron a la calle un burro con un cartel que decía: "Yo y todos mis colegas estamos en venta". Sin embargo, a finales de 1934, Minneapolis era una ciudad controlada por el sindicato y la aparentemente todopoderosa Alianza Ciudadana había sido derrotada.
El sindicato general de conductores (General Drivers’ Union -GDU-), la organización local 574 de la International Brotherhood of Teamsters (IBT), fue el imprevisto motor de esta transformación en las relaciones de clase. Con menos de 175 conductores afiliados, dispersos en pequeños camiones y empresas de taxis de Minneapolis, en 1933 el GDU parecía cualquier cosa menos un útil militante para la movilización.
La dirección local de la sección local 574 era una burocracia anquilosada, hostil a cualquier acción militante. Dan Tobin, el presidente de Teamsters Internacional de Boston era un sindicalista acuñado al viejo estilo negociador de la Federación Americana del Trabajo (AFL). Reacio a convocar huelgas, elogiaba la respetabilidad y el buen ambiente en el sector, el "artesano" Tobin miraba por encima del hombro a los inmigrantes no calificados y a los trabajadores "de color" que trabajaban duro en puestos de trabajo no organizados, mal pagados, e inseguros.
Tobin hizo todo lo posible para aislar a los conductores de las corrientes radicales que merodeaban alrededor de los sindicatos desde hacía décadas. Una de esas corrientes tenía su base en Minneapolis. Al principio, a finales de 1920 y principios de 1930, parecía profundamente enterrada en los patios de reparto de carbón de la ciudad. Como eran pocos, estos militantes fueron rechazados por la burocracia de los Teamsters, excluidos del sindicato y acusados públicamente de "rojos" peligrosos.
Pero ellos decidieron constituir un comité informal, compuesto por apenas una docena de los conductores en su mayoría no sindicalizados y dedicados al transporte del carbón. Este fue el contingente rebelde que, a partir de estos inicios desfavorables, organizó y dirigió las huelgas de 1934 que cambiaron la correlación de fuerzas de clase en Minneapolis. La afiliación en el sindicato local 574 ascendió a siete mil y el sindicato se convirtió en una fuerza vigorosa. Encabezó la organización en once Estados atrayendo a decenas de miles de camioneros al el movimiento obrero, incrementando la afiliación nacional del IBT a quinientos mil personas a principios de los años 1940.
El brote revolucionario
El puñado de radicales que trazó este nuevo curso fuera un
grupo de revolucionarios. Entre ellos, algunas de las personas claves fueron
miembros de la IWW o del Socialist Party que, en desacuerdo con su evolución de
estas organizaciones ayudaron a la creación del Partido Comunistas en los años
1920. Sin embargo, el proceso de estalinización de la Internacional Comunista y
sus repercusiones en el interior del partido americano, les hizo sentirse
incómodos.
En 1928-1929, los disidentes de Minneapolis criticaron al PC alineado con la Unión Soviética, lo que les condujo a su expulsión, en masa , del partido por el que trabajaron duro en su construcción. Se integraron en un pequeño movimiento trotskista centrado en Nueva York llamado la Liga Comunista de América (CLA), que en 1938 pasó a llamarse Partido Socialista de los Trabajadores (SWP).
El CLA de Minneapolis estuvo liderado por Carl Skoglund, un socialista sueco que había emigrado a los Estados Unidos en 1911 después de organizar huelgas y un motín de soldados conscriptos, y Vincent Ray Dunne, probablemente el más "rojo" de Minnesota a lo largo de la década de 1920. Este dúo trotskista comprendió que la organización de la industria del transporte en Minneapolis era fundamental para la reactivación de la militancia obrera durante la crisis de la Gran Depresión.
Ellos sabían que la jerarquía oficial del IBT, implacablemente conservadora, no les ayudaría. Así que Skoglund, Dunne, y otros de la CLA se pusieron a trabajar por su cuenta. Hablando con sus compañeros del sindicato, estos militantes atrajeron a un pequeño número de trabajadores a su círculo íntimo. Extendieron las discusiones sobre las quejas y los descontentos de los trabajadores tanto a otros miembros del sindicato como a trabajadores no sindicados.
A partir de estos modestos inicios, comenzó a extenderse la conciencia de clase de que había una alternativa a la burocracia local del IBT. Ahora bien, todo se podía haber ido al carajo si este comité organizador se hubiera lanzado a convocar huelgas de forma precipitada llevando a los trabajadores a una derrota.
En efecto, cuando Dunne fue despedido de su trabajo en un almacén de distribución al término de la temporada de carbón de 1933, porque sus jefes estaban hartos de su actividad pública en las protestas de la gente en desempleo, hubo llamamientos a la huelga. Dunne y Skoglund sabían que durante la primavera (cuando la distribución de carbón quedaba reducida a nada) no era el momento para una confrontación con los jefes.
Los agitadores trotskistas continuaron su trabajo entre los camioneros. Consolidaron la relación con los trabajadores descontentos y, al mismo tiempo, desarrollaron una estrategia hábil para neutralizar a la burocracia local del IBT. En primer lugar, los militantes trotskistas cultivaron estrechas relaciones de trabajo con dos cuadros del IBT que no eran miembros de la CLA pero que eran combativos, para ganarlos a su perspectiva.
En segundo lugar, se aseguraron un puesto en Ejecutiva del sindicato local 574, consiguiendo que el hermano de Dunne lograra un cargo remunerado en el GDU local, donde incidió sobre la necesidad elemental de los trabajadores de prepararse para una posible huelga.
Como Farrell Dobbs señaló más tarde, "la táctica impulsada consistía en enfrentar a los trabajadores directamente con la empresa y atrapar en medio a los burócratas sindicales. Si éstos no reaccionaron positivamente, serían desacreditados". Todo esto puso contra las cuerdas a los dirigentes obreros conservadores, que se vieron obligados, al menos verbalmente, a desarrollar un sindicalismo de lucha de clases que, por otra parte, aborrecían. Esto, a su vez, alimentó la voluntad de cambio entre los trabajadores de la industria del transporte, tanto organizados como no organizados.
El resultado de todo ello fue que los 34 sindicalistas presente en el sindicato local 574 respaldó el voto para la huelga. Ahora bien, las reuniones promovidas por el comité organizador atrajeron a cientos de trabajadores combativos que exigían una acción militante, no las habituales y fofas marchas del IBT.
La primera huelga
Algunas de estas reuniones sindicales "alternativas" se programaron los domingos por la tarde, convencidos de que los burócratas del IBT no asistirían. Se discutió con los trabajadores sobre cuáles deberían ser las demandas de la huelga y se promovió la necesidad de luchar para obtener concesiones de la patronal.
Finalmente, la huelga se convocó durante la temporada fría, en febrero de 1934. Skoglund y Dunne comprendieron que, justo cuando las empresas tenían que suministrar el carbón para la calefacción de los clientes, los camioneros encargados de su reparto, constituía un buen punto de apoyo. El día de la huelga, los líderes militantes bloquearon sus camiones en los depósitos de carbón. Se eligió a los líderes de los piquetes, a los que se entregó una copia en la que estaban descritas las tareas y responsabilidades de los líderes de la huelga.
Dado el gran número de centros de trabajo repartidos por toda la ciudad, los piquetes tenían que ser móviles. Se requisaron camiones de carbón y automóviles para formar los "piquetes móviles". Se bloquearon los camiones de los esquiroles, se apoderaron de ellos y arrojaron sus cargamento en los barrios de la clase trabajadora; la gente acudía como carroñeros a hacerse con el carbón gratuito.
En cuestión de horas, 65 de las 67 depósitos de carbón así
como 150 distribuidoras de Minneapolis estaban cerrados. Todo el mundo, desde
los principales líderes de IBT a la patronal del carbón y las empresas de
transporte por carretera, estaban atónitos. Nadie pensaba que el efecto de la
huelga sería tan fuerte.
Los propietarios cedieron después de dos días y medio, y el GDU aceptó la victoria parcial en la que los salarios aumentaron modestamente. Lo más importante es que, durante la huelga, la patronal se vio obligada a reconocer al sindicato, algo que no había ocurrido en los últimos 20 años.
Organizarse para ganar
Entre las consecuencias de la huelga de febrero de 1934 está el que los revolucionarios de CLA se hicieron con el sindicato local 574. Habían ganado el respeto de los trabajadores en una batalla real contra la patronal. También dieron nacimiento a una corriente crítica en el seno del sindicato local del IBT, consolidando las relaciones con los pocos sindicalistas de los camioneros que, de verdad, querían extender el sindicalismo en Minneapolis y promover la lucha de clases. A partir de ahí, el CLA creó una infraestructura capaz de nutrir y apoyar a las bases militantes.
El resultado fueron dos huelgas en mayo y julio. Mucho más grandes y más prolongada que la huelga de febrero, que fueron planificadas hasta el último detalle. Pero los motivos eran distintos. El principal objetivo de estas luchas fue implantar un sindicalismo de nuevo tipo e inclusivo.
Para los militantes, una diferencia fundamental entre la burocracia IBT liderada por Tobin y el Sindicato de conductores de Minneapolis dirigido por la CLA fue que en las huelgas de 1934 se luchó integrando a todos los trabajadores de la industria. El sindicato local 574 se construiría a través de la lucha -tanto contra la patronal como contra los burócratas sindicales- integrando a todo el mundo que transportaba mercancías y cargaba camiones y productos elaborados en los mercados y en los almacenes de distrito de Minneapolis.
Para marginar aún más a sus oponentes moderados en la dirección, que no querían hacer nada con la mayoría de los sindicalistas en el sector del transporte, la dirección de la CLA constituyó una el "Comité de huelga de los 100", que puso en minoría a los burócratas de la GDU renuentes que aún quedaban. Ahora, los miembros de la CLA y sus abogados asesoraban a todos los pequeños -pero muy importantes- comités, en la organización y en la negociación.
La patronal y sus aliados se batieron duro, confiando cada vez más en la Alianza Ciudadana. El poder municipal y estatal se apresuró a alienarse del lado de la ley y el orden. El alcalde respaldó a una policía vengativa dirigida por un jefe totalmente determinado a aplastar a los trabajadores y, si fuera necesario, dispuesto a liquidar huelguistas y partidarios de la huelga en la calle. "Tenéis rifles, y sabéis como usarlos," instruía el jefe de policía Johannes a sus hombres en julio 1934.
Un dirigente de un piquete describió la carnicería de la policía en una batalla infame, inmortalizada como el "Viernes Sangriento": "Se volvieron locos. En realidad disparaban contra todo lo que se moviera... Seguían disparando hasta que todos los piquetes se escondieron o consiguieron refugiarse en alguna parte. ¡Oh, hablaban en serio".
Lo que contó el cronista de Meredel Le Sueur contenía una lírica más horripilante: "Los policías abrieron fuego. ... los hombres yacían llorando en el suelo con sangre brotándoles de las innumerables heridas de producidas por los perdigones. Cuando, instintivamente, se daban la vuelta para protegerse, les disparaban por la espalda. Ningún piquete estaba armado con algo más que un palillo de dientes."
El "Viernes Sangriento" murieron dos trabajadores: Henry Ness, huelguista, murió casi al instante acribillado de perdigones. John Bellor, desempleado que apoyaba la huelga, gravemente herido en los enfrentamientos, murió días después. En el funeral de Ness cuarenta mil personas marcharon por las calles de Minneapolis.
Para colmo de males, el gobernador Floyd B. Olson, a pesar de proclamarse amigo de los trabajadores, para completar una imagen cada vez más dramática, llamó a la Guardia Nacional para arrestar a los líderes de la huelga y ocupar las sedes de los sindicatos.
Los dirigentes de la huelga estaban preparados para una oposición de ese calibre. Desarrollaron una extensa red de inteligencia, con secretarias que trabajan para varias empresas que les anunciaban previamente cuales eran los planes de la patronal (los próximos pasos que iba la patronal). El sindicato lo copaba todo. Consiguieron un avión para publicitar la causa de los trabajadores con pancartas en el aire y un grupo de motociclistas adolescentes que trasladaban los informes de cómo iba la huelga a lo largo de todo Minneapolis.
Con el tiempo, la huelga de julio-agosto convirtió la lucha de clases en el drama central de la ciudad, dividiendo Minneapolis de forma irrevocable en dos campos: los pro huelga y los anti huelga. La dirección de la CLA comenzó a publicar un periódico diario, el Organizador, que contó en su comité de redacción con un experimentado cuadro trotskista de Nueva York.
El sindicato estableció su cuartel general en un garaje vacío. El "centro neurálgico" en este local de la huelga era un montón de teléfonos atendidos por voluntarios. A él llegaban llamadas de los líderes de los piquetes distribuidos en quince distritos de la ciudad, que describían las condiciones [en las que se desarrollaba la huelga] y, si era necesario, hacían llamamientos de solidaridad. Se utilizó una radio de onda corta para captar las comunicaciones de la policía. Después, Dunne y Dobbs supervisaban el envío de los piquetes.
Se organizó un economato. Los agricultores donaron comida para la cocina, que estaba equipada para alimentar a cinco mil trabajadores al día. Los cocineros se alinearon para preparar las comidas. Se improvisó un hospital en una parte de la sede para atender a los trabajadores y a quienes les apoyaban que resultaban heridos. Doctores y enfermeras simpatizantes trabajaron allí en sus horas libres. Se organizó a los trabajadores desempleados y se les nombró miembros honorarios de la GDU.
Una mujer de la armada auxiliar de mujeres atrajo a esposas e hijas, madres y tías. Todas ayudaron a construir el sindicato. Integradas en la lucha, estas mujeres servían comidas, bocadillos y café a los huelguistas; distribuían el periódico sindical, los fondos recaudados; se manifestaron ante el ayuntamiento e incluso lucharon, con palos en la mano, en los piquetes.
El sindicato local 574 también se convirtió en un modelo de procedimiento democrático y de debate abierto. Reuniones masivas convocadas periódicamente mantuvieron a toda la gente al tanto de la evolución de la huelga. Cuando tras la victoriosa huelga de 1934 se garantizaron las condiciones de pago del sindicato, los dirigentes trotskistas de la revuelta de los camioneros modificaron la escala de sueldos de quienes trabajaban en el sindicato local 574, garantizando que a los dirigentes sindicales se les pagaba no más de los que trabajan en la industria.
Al final, los trabajadores ganaron, y ganaron a lo grande. El sindicalismo salió reforzado en Minneapolis. Por supuesto, los salarios aumentaron y condiciones en el trabajo mejoraron. Pero, quizás lo más importante fue que los sindicalistas se vieron a sí mismos y vieron al mundo de forma diferente. Las posibilidades de lo que se podía lograr con la lucha colectiva y la solidaridad influyeron a partir de entonces en cómo entendieron sus vidas los trabajadores.
Los activistas de la lucha de clases y la Amenaza Roja
Todo esto enfureció a los jefes. El sindicato local 574 y
sus dirigentes trotskistas fueron vilipendiados en los principales periódicos.
El anticomunismo cubrió Minneapolis en 1934 como una niebla densa.
Sin duda, los responsables de alimentar la campaña contra la amenaza roja en la ciudad fueron la patronal y sus aliados socioculturales, pero los líderes sindicales conservadores como Tobin también contribuyeron a ello. Un huelguista escribió en el Organizador que como "miembro de la 574", él era "un indio Chippewa y un verdadero americano", "no un comunista", pero lamentó la forma en que ciertos líderes del IBT fueron echando "más leña al fuego " con su persistente acoso al rojo.
Un destacado miembro del sindicato local 574 fue Ray Rainbolt, un camionero de la Nacion Sioux que Dunne avaló para incorporarlo al sindicato. Rainbolt pasó a jugar un papel decisivo en las huelgas de 1934, sirviendo en varios comités cruciales y enfrentándose al gobernador Olson. A finales de la década de 1930, Rainbolt se unió al SWP y dirigió la Guardia para la defensa del sindicato (UDG). Este cuerpo se formó cuando los fascistas conocidos como los Camisas de plata amenazaron con organizarse en Minneapolis.
Las Camisas de plata comprendieron la importancia de infiltrarse en los entonces todopoderosos sindicatos, haciendo de ellos un nicho para el reclutamiento para la derecha y sustituyendo una visión del orden social basada en la lucha de clases por una visión basada en el racismo pernicioso y el antisemitismo. Rainbolt, que tenía experiencia militar en la Primera Guerra Mundial, entrenó a los sindicalistas de la UDG en la resistencia armada, capacitándolos en el caso de un ataque reaccionario que nunca se materializó.
Extender el significado de la lucha local
Minneapolis no fue el único punto caliente en la lucha de
clases de 1934. Otras huelgas, como las libradas por los trabajadores de Toledo
auto reparaciones y los estibadores de San Francisco, también constituyeron
luchas trascendentales. Estas luchas también estuvieron dirigidos por "rojos".
Pero sus dirigentes no estuvieron ni tan implantados en el entorno local ni en
su propio, y no obtuvieron un éxito comparable al de los trotskistas de
Minneapolis.
Las huelgas estallaron en Minneapolis en un momento en el que el movimiento obrero estadounidense estaba a punto de dar un paso adelante importante. En los cines de todo Estados Unidos, millones de personas vieron cortometrajes mostrando los trabajadores, la policía, y a los "adjuntos del Sheriff" reclutados por la Alianza Ciudadana luchando en las calles del barrio del mercado de Minneapolis. La clase trabajadora que acudía a las salas vio a los obreros de Minneapolis responder a la violencia no con la sumisión, sino con la resistencia.
En la “Battle of Deputies Run” del 22 de mayo, los huelguistas derrotaron o a los 1500 "adjuntos de Sheriff". Descrita como un conjunto variopinto de "vendedores, oficinistas, y golfistas patrióticos" lanzados furiosamente contra "dictadores rojos," la Alianza Ciudadana contra la huelga también incluía a jóvenes de la hermandad universitaria, matones a sueldo, playboys, y miembros de la alta sociedad, algunos de los cuales llegaron a los piquetes en pantalones de montar y sombreros de polo o botas de montar con tacos (que no es el mejor calzado para una pelea en callejuelas pavimentadas con adoquines).
Dos de ellos - el abogado de la Alianza Ciudadana, empresario local y pilar de la sociedad respetable de Minneapolis, Arthur Lyman, y un marginal "capitalista del tres al cuarto" en el sector del acarreo de madera, Peter Erath - sucumbieron a las heridas sufridas en un choque mortal con huelguistas hartos ya de la la brutalidad policial. Meridel Le sueur informó de un "mundo emergente ... que viene del pasado ... hacia el futuro... un punto en el que emerge violencia... y se incrementa hacia el futuro".
El líder de Trabajadores Mineros Unidos de América John L. Lewis vio la huelga de manera similar. Como escribió uno de los primeros biógrafos de Lewis, Saúl Alinsky, en 1947, cuando "La sangre corrió en [la calle] de Minneapolis" llegó el corpulento jefe, típico del sindicato minero, se sentó y tomó nota.
Lewis no era amigo de un sindicalismo militante, ni de organización obrera democrática pero, así y todo, era capaz de apreciar que el sindicalismo moribundo de la AFL necesitaba ser revitalizado. El Congreso de Organización Industrial (CIO), el sindicato de las grandes empresas, que Lewis impulsó poco después nació así de las ideas y actividades de los líderes de la CLA de Minneapolis y de las luchas que impulsaron sus militantes de base.
Un día de la dirección revolucionaria en los tribunales
No se podía permitir que el éxito de la revuelta de los trabajadores de Minneapolis en 1934 y logros sobrevivieran tras la Segunda Guerra Mundial. Está claro que la experiencia de trabajadores bajo el liderazgo de los trotskistas, pasando por encima de los patronos y de los burócratas sindicales y armándose en la Guardia para la defensa del sindicato ante la previsible amenaza fascista, llamó la atención de los poderosos oponentes.
Dado que a finales de 1930 estos trabajadores trasladaban las lecciones de Minneapolis a la organización interestatal de la IBT, el Departamento de Justicia, la Oficina Federal de Investigaciones, la patronal, el gobernador republicano recién elegido de Minnesota, la burocracia IBT (con un joven, y más tarde infame, Jimmy Hoffa a la cabeza), e incluso rivales de izquierda como el Partido Comunista, conspiraron durante la Segunda Guerra Mundial para desplazar y derrotar a los trotskistas en la dirección de los Teamsters de Minneapolis.
La utilización por parte del Estado de la famosa Ley Smith de 1939 [más conocida como Smith Act, y que fue promulgada el 22/06/1940 declaraba ilegal cualquier actividad que tuviera como objetivo derrocar al gobierno estadunidense, que reprimió la disidencia tachándola de traición, se basó en el clima de la guerra entre 1940 a 1943 para encausar, con cargos falsos, ante el tribunal a veintinueve miembros del SWP y los líderes de los Teamsters en Minneapolis; dieciocho de ellos, entre los que se encontraba la gran parte de los dirigentes del movimiento trotskista de Estados Unidos, fueron enviados a la cárcel.
Tobin y la burocracia IBT, apoyándose en las juntas estatales de verificación sindical, en acuerdos de defensa con la patronal y las bandas de matones dirigidos por Hoffa, atacaron al sindicato local de Minneapolis tanto en los tribunales como en la calle. Expulsados de la AFL y el CIO y viéndose obligado a reconocer que no podían mantener el sindicato contra los la patronal recalcitrante, el Estado y la burocracia oficial de los Teamsters, los trotskistas que había revigorizado sindicalismo en Minneapolis fueron no tuvieron otra alternativa que renunciar a sus posiciones en favor de las fuerzas de Tobin / Hoffa. Fue un desenlace lamentable.
Recordar 1934
Quienes desean reconstruir el movimiento obrero puede aprender -y en algunos casos, han aprendido- de los acontecimientos de 1934 en Minneapolis. La huelga de los maestros de Chicago de 2012, por ejemplo, comenzó con un reducido comité organizador de militantes que lograron arrastrar a un sindicato que había evitado la lucha de clases abierta desde el año 1987, a un enfrentamiento épico con un alcalde neoliberal.
No es sorprendente, que, en el camino hacia esta movilización exitosa, el Caucus [Asamblea] de enseñantes organizara grupos de lectura en torno al relato de las huelgas de 1934 de Farrell Dobbs, Teamster Rebellion. Desde el movimiento Occupy a las protestas en Wisconsin, desde las victorias sobre salario mínimo en Seattle y en otros lugares a las luchas para organizar a las plantillar de Walmart, los trabajadores están demostrando que son capaces de luchar para ganar y que, una vez más, la lucha de clases está al orden del día.
Pero la mayoría de las luchas actuales, con la importancia vital que tienen, se ven debilitadas a la falta de un liderazgo político de clase como el que condujo las huelgas de 1934 en Minneapolis. Décadas más tarde, un miembro del "Comité de Huelga de 100", recordó: "Realmente, el poder del movimiento estaba en las bases, pero estas bases necesitaban de un liderazgo que las guiase. No me importa lo bueno que pueda ser un ejército si no dispone de un buen general". La lucha por el renacimiento de los sindicatos en la era del capitalismo neoliberal es a la vez la lucha por la reconstrucción de la izquierda revolucionaria.
Los trotskistas de Minneapolis proporcionan un ejemplo de lo que podría ser la izquierda. Ochenta años más tarde, aquellas huelgas, con sus lecciones sobre la capacidad de los trabajadores para luchar incluso en los malos tiempos, siguen vivas para nosotros como una opción posible.

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