Por Damián Quevedo y Juan Giglio
El balotaje en Brasil colocó como nuevo presidente a Lula da Silva, siendo esta su tercera presidencia, aunque en condiciones muy diferentes. El ajustadísimo margen de dos puntos por arriba de Jair Bolsonaro y la minoría en el parlamento, les presentan al PT y a su débil alianza un panorama más que difícil en un marco general de crisis económica mundial y la guerra entre potencias.
En los comicios del 2 de octubre, el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro se había quedado con la mayor bancada del Congreso y en 2023 tendrá 99 asientos en la Cámara baja, mientras que la alianza liderada por el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula contará con 80 representantes. Otra vez la clave será la negociación con el centrão, que tendrá 246 diputados (48% del total)[1].
Como ya señalamos, el voto a Bolsonaro no fue -en su mayoría- una acción de apoyo al programa del actual presidente, sino un voto de rechazo a lo que representa más abiertamente el populismo. El agotamiento político del progresismo brasilero muestra lo que continuará sucediendo en Argentina y el resto de América Latina, donde este tipo de alianzas ya entraron en crisis, como en Chile y Perú.
El proceso electoral brasileño fue, de manera distorsionada, una expresión de la lucha de clases. Decir esto puede parecer una perogrullada, pero el contexto internacional en el que ocurrió y la disputa que subyace detrás de ambos candidatos, le otorgan a esta elección una relevancia política fuera de lo común, porque se dan en medio de la la guerra comercial entre EE.UU. y China, en la que Brasil es uno de los principales mercados en disputa.
A contramano de lo que sostiene el relato progresista, Lula es el candidato de la embajada de EE.UU., mientras que el actual presidente, más allá de su verborragia anticomunista, cerró filas con el imperialismo chino, ya que, durante su mandato las inversiones de este país se multiplicaron en términos históricos. Ese alineamiento lo llevó al “fascista” Bolsonaro a apoyar la invasión rusa a Ucrania.
La cercanía de
Bolsonaro con Putin en el contexto de escalada de guerra en Ucrania y el
crecimiento de grupos radicalizados en Latinoamérica. En ese marco, sin chances
de la candidata neoliberal clásica Simon Tebet, EEUU se apoyaría en Lula que ya
tuvo buenas relaciones con Bush y Obama[2].
Estados Unidos siguió de cerca y con sumo interés las elecciones en Brasil, y aunque nadie de la Casa Blanca lo haya dicho en público, la posibilidad de un triunfo de Lula generaba la expectativa de un cambio de régimen político que permitiera revitalizar y afianzar el vínculo entre Brasilia y Washington, los dos aliados más poderosos del hemisferio. (La Nación, 31 de Octubre)
En el contexto guerrerista que recorre el mundo, algo que debería ser un proceso normal del funcionamiento institucional, como las elecciones presidenciales, se convirtieron en un reflejo inusual de las pujas inter imperialistas. Por esto, y no existiendo diferencias de fondo entre ambos candidatos, los socialistas revolucionarios llamamos al voto en blanco, en el mismo sentido que ante la guerra entre las grandes potencias, llamamos a la derrota de todos los bandos en pugna.
La izquierda debe convocar a la clase obrera brasileña, a
luchar desde el primer día del nuevo mandato, contra la política de Lula y su
alianza con el imperialismo yanqui, que significará, no tenemos dudas, la
continuidad del plan de ajuste y saqueo de los recursos que hoy lleva adelante
Bolsonaro.

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