Italia ¿Dónde está el fascismo?


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

Las recientes elecciones en Italia mostraron un creciente descontento de la mayoría de la sociedad para con el régimen político, situación que se expresó, no solo en el voto a Giorgia Meloni -declarada simpatizante del fascismo- sino también, y principalmente, a través de la abstención, que alcanzó un nivel histórico.  

En ese marco, el progresismo y gran parte de la izquierda volvieron a agitar el fantasma del ascenso o resurgimiento del fascismo, aunque no se puede hablar de fascismo cuando no existe un movimiento de masas -movilizado detrás de esas banderas- integrado por una parte de las capas medias y, sobre todo, sectores marginales de la población.  

Los nazi-fascistas, de la época de Hitler y Mussolini, dirigían a millones de personas dispuestas a aplastar las organizaciones de la clase obrera en lucha, a la izquierda revolucionaria e incluso a los reformistas. Para consolidarse en el poder, estos aparatos contrarrevolucionarios apilaron cadáveres de luchadores y llenaron las cárceles, o campos de concentración, con millones de opositores.  

En cambio, lo que vemos hoy -en el triunfo del partido Hermanos de Italia- es un fenómeno electoral, que se asienta en una coyuntura en la cual, el gobierno electo, no tiene ninguna posibilidad ni condiciones políticas para desatar una represión brutal sobre el movimiento obrero. Tampoco puede aplicar un plan económico similar al que caracterizó a los regímenes fascistas, centrados en el mercado interno y con cierto grado de desarrollo de la industria.  

¡El capitalismo actual y las relaciones de fuerza entre las clases, son distintas a las que dieron lugar al surgimiento y consolidación de los viejos fascistas! La crisis política italiana es también un problema para la Unión Europea. El banco central continental está tratando de evitar una recesión inminente, mientras equilibra la necesidad de frenar la inflación con los riesgos de que estalle una nueva crisis de la deuda. Mientras la guerra continúa en Ucrania y el suministro de energía disminuye[1] 

Parte del proceso que dio lugar a la victoria de Meloni es la crisis de la democracia representativa, que empuja el derrumbe de la socialdemocracia y la izquierda reformista italiana. Esto, sumado a la abstención, es una expresión de la profundidad de la crisis y de la derrota de las políticas represivas que intentó el régimen, mediante las cuarentenas y otras medidas represivas, implementadas con la excusa de combatir al Covid.  

El voto a un partido que se presenta como "anti sistema" es, en gran medida, otra muestra del rechazo de las masas a los partidos que sostuvieron el encierro y la campaña de terror. No significa ningún “giro a la derecha” de la clase trabajadora y el pueblo pobre, que para que suceda, debe materializarse en una modificación sustancial en relaciones de fuerza.  

Por eso, es necesario contextualizar estas elecciones en un marco general, dentro del cual la clase obrera europea comenzó a ubicarse en el centro del ring, como lo expresaron las huelgas de Inglaterra, Bélgica, Alemania y otros países. Un contexto en el que Ucrania acaba de pegarle un golpe durísimo al imperialismo ruso, haciéndolo retroceder en varios de los terrenos ocupados.  

Esta realidad se combina con el comienzo, aunque todavía incipiente, de movilizaciones contra el reclutamiento forzoso en Rusia y las grandes protestas que están teniendo lugar en Irán luego del asesinato de una joven por parte de la “policía de la moral” persa. Por eso, el triunfo de Meloni, más que cambio reaccionario en las relaciones de fuerza entre las clases, expresa, de forma incipiente, la polarización entre revolución y contrarrevolución.  

Es inevitable que en un ciclo de crisis capitalista como el actual, cuya profundidad y duración es mucho mayor que en las contracciones pasadas, surja un proceso de estas características, que es preparatorio de los grandes combates entre las clases que se avecinan, combates que pondrán a la clase trabajadora como actor principal de esas explosiones revolucionarias.   

En ese sentido, así como hay condiciones para el desarrollo de fuerzas revolucionarias también existen para el desarrollo de grupos de extrema derecha, dinámica, que, desde la izquierda, debemos analizar con precisión, para responder con políticas precisas. ¡Cuando los fascistas comiencen a levantar cabeza habrá que cortársela rápida y expeditivamente con la autodefensa obrera y popular, para la cual hay que ir preparando el terreno!  

La izquierda que agita el fantasma “fascista” no plantea la necesidad de la autodefensa, no solo porque sus dirigentes son canallas pacifistas, sino porque tampoco creen en sus caracterizaciones. Sin embargo, lo peor de todo, es que esta gente, que actúa como pata izquierda de un régimen que se cae a pedazos, no convoca a la clase trabajadora a rebelarse contra los capitalistas, ya que la revolución social dejó de ser el norte programático de los reformistas.  

Los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes debemos unirnos para poner en pie el estado mayor socialista que se juegue a ganar el liderazgo de la clase trabajadora, trazando rayas con los capitalistas de todos los colores y esa izquierda capituladora. Desde Convergencia Socialista y la Corriente Comunista Revolucionaria Internacional estamos poniendo nuestro “granito de arena” para construir esa organización, a nivel nacional e internacional.



[1] Infobae 26/09/2022

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