Se editó,
por primera vez en español, el libro de Trotsky “La fuga de Siberia en un
trineo de renos”, un texto que defraudará a quienes pretendan encontrar un
manifiesto político, pleno de consignas agitadas a diestra y siniestra por el
dirigente del Ejército Rojo. En cambio, en esta magnífica obra hallarán el
relato de una auténtica fuga, escrita con trabajados detalles, que ubican al principal
exponente de los soviets revolucionarios, a la altura de los grandes literatos.
Por la monumental
estepa Siberiana, un Trotsky, de apenas 27 años, es empujado a marchar hacia la
deportación -de por vida- debido a su intervención en la revolución de 1905, donde
se había puesto al frente del proletariado de San Petersburgo, desde su lugar,
como líder “soviético”.
La primera parte,
La ida, consta de una serie de cartas que intercambia con su compañera Natalia
Sedova. La segunda, La vuelta, a modo de crónica y, como diría Padura en su presentación,
es un texto cargado de suspenso… en el que Trotsky va aportando
detalles con sus notas tomadas ¡en el momento mismo de la fuga!
El relato empieza
con su salida, desde la cárcel de la Fortaleza de Pedro y Pablo -en San
Petersburgo, el 3 de enero de 1907- donde permaneció durante todo 1906,
dedicándose a escribir. Continúa con su llegada al poblado de Beriozov, el 12
de febrero de 1907, la penúltima parada de un tránsito que tenía que haber
terminado en el lugar en el que tenía que cumplir la condena, la remota
localidad de Obdorsk.
Este no era
otra cosa que un sórdido paraje, ubicado algunos grados al norte del Círculo Polar
Ártico, a más de 1500 verstas -unidad de longitud rusa, que equivale a l066,8
metros- de la estación del ferrocarril más cercana y a 800 de un puesto
telegráfico.
Sus
compañeros de viaje eran, un conductor de trineo borracho, que, empapado permanentemente
en vodka y vino, sería su puerta hacia la libertad, además de los renos, que
arrastraban su trineo. El autor resaltará las destrezas y bondades de estos
nobles animales.
En ese
periplo, Trotsky se zambulle hacia el interior de la cultura de una Rusia inhóspita
y lanzada al abandono, indagando sus costumbres e idiomas y encontrándose, de
vez en cuando, con algún socialdemócrata, ya que, la primera revolución rusa tenía
sus expresiones aún en estos lugares tan recónditos, deparándole grandes sorpresas.
Las ideas de
la muerte y de la cárcel acecharon a Trotsky durante todo el relato, aunque él
y sus compañeros consiguieron sobrevivir a una casi segura muerte, a la que, en
los hechos, habían sido condenados por el zarismo. Lo lograron, gracias a la valentía
de sus actos, que los ubicaron -incluso para sus enemigos de clase- como representantes
auténticos de un pueblo, que, durante el traslado y posterior fuga, expresó diferentes
grados de solidaridad y admiración.
Siendo
consecuentes con la caracterización, no debemos analizar este texto por la
ausencia de caracterizaciones y consignas, sino a través de la lupa con la que
Trotsky describió al arte en su obra “Literatura y Revolución”: El arte no
es un campo en que el partido esté llamado a comandar. Puede y debe proteger,
ayudar y solo indirectamente dirigir” (…) “Porque es bueno que en el
mundo exista no solo la política, sino también el arte. Es bueno que el arte
sea inagotable en sus posibilidades, como la vida misma. En cierto sentido el
arte es más rico que la vida, ya que puede aumentar y disminuir, aplicar
colores brillantes o, al contrario, limitarse a un lápiz gris, puede presentar
un mismo objeto desde diferentes ángulos e iluminarlo con diferentes luces.
Napoleón hubo uno solo. Pero sus representaciones artísticas son innumerables”.
Mientras Trotsky
se fuga de Siberia, comenzando una dura batalla contra el destierro, vamos
sintiendo que viajamos con él arriba de ese trineo. Que nos enojamos con su
conductor, Nikiflor, cada vez que parece no poder mantenerse en pie debido a su
borrachera. También, por momentos, queremos convertirnos en reno para empujar más
rápido -¡acelerando el escape!- y terminamos emocionándonos por su reencuentro
con Natalia Sedova.
Zambulléndonos
en este magnífico relato, sentimos la manera de soplar de aquel viento helado y,
cómo todo lo que rodeaba al gran revolucionario y sus compañeros, estaba
inmerso en tinieblas. Finalmente, terminamos con un grito incontenible que se
escapa del pecho, que es un grito de Libertad y alegría, cuando Trotsky escribe
“Mientras tanto el tren de la línea Perm- Kotlas me lleva adelante,
adelante, siempre adelante”

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