Ucrania, la crisis capitalista mundial y un gobierno a la deriva


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

Los dichos y desmentidas por parte del gobierno nacional, a raíz de la gira asiática de Alberto Fernández y las negociaciones con el FMI, no solo expresan los choques y reacomodamientos de las diferentes fracciones oficialistas, sino también el desconcierto de los capitalistas locales frente a la crisis del imperialismo y las peleas por la hegemonía que está teniendo lugar entre las grandes potencias.  

El mundo atraviesa un proceso similar, en algunos aspectos, al período previo a la Segunda Guerra, una voraz y acelerada lucha por el reparto del mercado mundial, aunque en condiciones diferentes, ya que hoy por hoy no emerge ningún imperio capaz de ubicarse, rápida y efectivamente, por encima del resto. Los yanquis pierden una hegemonía que chinos, rusos y europeos no están en condiciones, por lo menos por un tiempo, de adquirir.

Alberto es, en ese contexto, un presidente desconcertado y sin orientación, como también lo es, en gran medida, la burguesía argentina, que carece de brújula. El gobierno, partido en tres facciones, busca a tientas las alianzas más convenientes, dicho en otras palabras, una potencia imperialista de la cual pueda depender, ya que el capitalismo vernáculo no tiene otra opción -que no sea esta- para seguir existiendo.  

En la Segunda Guerra, cuando el imperialismo británico retrocedió Estados Unidos ocupó su lugar. El peronismo, con su creador a la cabeza, aprovechó esas circunstancias, que crearon, momentáneamente, una especie de “vacío de sumisión”, para ganar cierta independencia. Gracias a eso, Perón pudo otorgar ciertas concesiones a la clase trabajadora, pero, esa situación ya no existe, restándole margen de maniobra a cualquier variante del populismo.

Aquel reordenamiento mundial se produjo, luego de que una potencia en pleno ascenso, los EEUU, conquistara los mercados que abandonaron los británicos y otros imperios europeos. Los yanquis aprovecharon la destrucción de fuerzas productivas llevada adelante durante la guerra,, para liderar -Plan Marshal mediante- un nuevo ciclo de expansión capitalista, que llenó los bolsillos de los nuevos dueños de mundo.  

Hoy, ese proceso destructivo aún no se produjo, a pesar de que los grandes capitalistas lo intentaron mediante lo que hemos denominado Contrarrevolución Covid. Las medidas de aislamiento social, cuarentenas masivas y restricciones a las libertades democráticas fueron implementadas no para garantizar la "salud" de millones, sino para aplastar a la clase trabajadora y liquidar una cuota significativa de competencia burguesa.  

Sin embargo, aunque los de arriba avanzaron mucho en esa dirección, con los laboratorios farmacéuticos y la industria “virtual” a la cabeza, no pudieron ir a fondo; la clase trabajadora se los impidió, resistiendo a capa y espada. El movimiento de masas no solo defendió sus derechos y conquistas, también frenó -de manera solapada a veces y otras de forma abierta- la tendencia guerrerista de las grandes potencias, que hoy tiene su manifestación más abierta en el conflicto de Ucrania, que involucra a EE.UU., Europa y Rusia. 

EE.UU. está siendo empujado por esta realidad para ir a la guerra y recomponer su poderío. Sin embargo, la principal potencia mundial atraviesa la peor crisis de su historia, que se agravó con la derrota en Afganistán y la pasmosa debilidad del actual gobierno. Todo esto, sumado a la pérdida de mercados frente China, que aprovecha el conflicto ucraniano para seguir avanzando, ya no le posibilitan jugar el papel de gendarme mundial.  

Ahora el imperialismo yanqui se encuentra ante una guerra que no esperaba, al menos tan pronto, ya que sus cañones apuntaban centralmente sobre China, que, aunque creció mucho, tampoco puede imponerse como nuevo patrón del planeta. Su productividad sigue estando por debajo (aunque no en todas las ramas de la producción) de las grandes potencias europeas, Japón y EEUU, de las que necesita, para terminar varios de sus productos de última generación, proveerse de los accesorios más sofisticados.  

Aunque el tremendo negocio de las "vacunas" otorgó cierto oxígeno a las multinacionales ligadas a este rubro, ese proceso se está agotando, provocando enfrentamientos mucho más duros entre los capitalistas que se disputan el mercado mundial. Alberto y sus secuaces tratan de hacer equilibrio entre una y otra fracción, jugando a “varias puntas”, situación que lejos de favorecer al capitalismo argentino, lo terminará ahogando, porque -como dijimos al principio- la situación actual no es igual a la que favoreció al peronismo durante la segunda guerra. 

Hoy por hoy no existen márgenes objetivos para conquistar algún tipo de independencia nacional sin liberarnos, rápida y efectivamente, del yugo imperialista, política que ninguna de las fracciones que están al frente del gobierno pretende encarar. Por eso, todos estos sectores acuerdan con los aspectos centrales del Plan de Ajuste ordenado por el FMI, cuyos efectos provocarán un ascenso obrero y popular mucho más poderoso que el que dio lugar al Argentinazo de 2001. 

La izquierda revolucionaria debe prepararse para esta perspectiva, poniéndose al frente de la resistencia y levantando la bandera de la Independencia Nacional. ¡La clase trabajadora y el pueblo deben asumir la necesidad de expulsar del país a todas las potencias y sus representantes, desconociendo los pactos coloniales firmados por todos los gobiernos capitalistas! Hay que expropiar sus empresas, campos y capitales y ponerlos a funcionar bajo control de sus trabajadores.

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