Por Damián Quevedo
A esta altura, el espacio político que gobierna
debería pasar a llamarse Frente de Algunos, ya que FDT no expresa de forma
fidedigna lo hoy queda de la unidad entre peronistas y otras tribus. Desde las
elecciones de 2019 estaba claro que a los peronistas e izquierdistas conversos -que
conforman esta alianza- solo los unió el espanto, o, mejor dicho, la ambición
de hacerse con el manejo de los fondos públicos, gerenciando la entrega del país
a los grandes monopolios.
Esa tenue fuerza centrípeta que los amontonaba se
mantuvo mientras el gobierno se subió a la ola de las cuarentenas y otras
yerbas, impuestas en lo que hemos denominado “Contrarrevolución Covid”. Sin
embargo, apenas agotada esta política, debido a su carácter antipopular, Fernández
y compañía tuvieron que comenzar a gobernar sin el “viento de cola” que tuvieron
Néstor y Cristina, en medio de la crisis capitalista más grande la historia.
Ante esto, el PJ se encontró sin la “locomotora china”
-comprando materias primas o comodities- con escases de dólares debido a la
reducción de las exportaciones y con tremendos vencimientos de la deuda externa,
la “heredada” y la propia. La aceleración de la crisis internacional, con la
invasión de Ucrania por parte de Rusia y la irresolución del acuerdo con el FMI,
están haciendo estallar lo poco que quedaba Frente de Todos.
El problema central para estos agentes “nacionales y
populares” de las grandes multinacionales, es que ahora deben definir hacia
dónde va Argentina, es decir delinear un alineamiento con alguna de las potencias
capitalistas que se disputa, a dentelladas, el mercado mundial. ¡Eso hizo que
crujieran más las diferencias de intereses, ya que el FdeT, o de algunos, es
una verdadera bolsa de gatos!
Como venimos señalando desde hace tiempo, el gobierno tiene
tres cabezas, por un lado, Alberto Fernández y su reducido círculo, que es un
grupo que, aunque formalmente ejerce el poder carece de base social. No solo
porque las encuestas muestran una imagen muy negativa del actual presidente,
sino porque no representa a ningún sector de la burguesía local (eso es lo que
hacen los partidos patronales) y tampoco termina de alienarse con alguna
fracción del imperialismo.
Sin embargo, en las últimas semanas este sector mostró
una tendencia -que tiene fuertes bases materiales, como son los swaps
(prestamos en yuanes convertibles a dólares)- hacia China, lo cual explica la
posición oficial de “ni” sobre la invasión de Ucrania.
El otro bloque gobernante está encabezado por el jefe
de gabinete de ministros, Juan Manzur, que expresa los intereses de un sector
de la burguesía local, ya que es la voz de los caudillos provinciales -los
gobernadores del PJ- donde las operan empresas multinacionales centradas en el
extractivismo. Manzur, en ese sentido, expresa al núcleo duro del aparato peronista,
que fue el que mejor sobrellevó la derrota electoral del 2021, es por eso que
tanto él, cómo Martín Insaurralde, asumieron cargos centrales.
Por esa razón, el ex gobernador tucumano corrió a
calmar las aguas cuando Alberto Fernández enojó a los yanquis, reuniéndose con
Vladimir Putin y efectuando declaraciones contra el FMI. Entonces, el jefe de
gabinete, partidario del acuerdo, y muy cercano a la embajada yanqui, se reunió
de inmediato con el embajador Marc Stanley, con el propósito de “aclarar que no
habrá default voluntario”, aunque en la Casa Rosada sostuvieron lo contrario.
¡Esta reunión no fue planificada desde el círculo íntimo de Alberto Fernández, fue
una decisión de Manzur!
El tercer grupo es el kirchnerismo, que también quiere
alinearse a China, desde donde siguen entrando billetes. Esta gente tampoco
representa alguna fracción del capital, es más bien un grupo de burócratas
profesionales y arribistas enriquecidos con el Estado. En medio de la crisis
económica y política que atraviesa el gobierno y con el silencio de radio de la
Jefa, el kirchnerismo está en plena desbandada. Primero fue Sergio Berni el que
tomó distancia pública, mientras que ahora, ha sido Hebe de Bonafini la que
salió a criticar al gobierno, luego de descubrir “los efectos de la inflación
en el bolsillo de los
Lo sustancial de estos desgajamientos, es que no son
producto de un plan político común de ese grupo, sino consecuencia de la crisis
que atraviesa. En el marco de la debacle general y de la necesidad de
definiciones que abrió la invasión de Ucrania, el acuerdo -en stand by- con el
FMI es una bomba de tiempo para el gobierno, ya que un default de hecho
agravaría aún más la crisis política.
En términos técnicos, no podría
considerarse un default si Argentina no cumple con la cuota del FMI, ya que esa
terminología solo se utiliza para la deuda con privados. En este caso, se
comenzarían a demorar los desembolsos, pero esa demora impide un
refinanciamiento. Todo lo que no
se paga, se acumula y el pago no tiene posibilidades de restructurarse.
Más allá de los tecnicismos, lo que
puede generar un cambio brusco es el impacto político de la demora y el golpe
exacto que dé en la macroeconomía. Si
esa demora se concretara, Martín Guzmán quedaría en la cuerda floja por no
haber podido evitar la hecatombe y cerrar un acuerdo a tiempo. Actualmente
todos los sectores del Frente de Todos cuestionan por lo bajo al ministro de
Economía. Antes era solo el kirchnerismo y La Cámpora, ahora también
surgen críticas del albertismo y el peronismo federal. Sin embargo, el titular
del Palacio de Hacienda sigue teniendo la banca de Alberto Fernández[i].
En medio de semejante debilidad de los de arriba,
tanto aquí como en el resto del planeta, la izquierda revolucionaria debe
iniciar una ofensiva, no sólo contra el gobierno y sus planes, sino también para
repudiar la invasión de Ucrania y a los partidos que buscan alinearse con uno u
otro sector del imperialismo. Hay que decirle a la clase trabajadora, que debe romper
con el FMI y liberarse del viejo amo imperial sin atarse a los nuevos, como los
chinos o los rusos. Para encarar semejante tarea, habrá que hacer una
revolución social.
[i] https://www.infobae.com/politica
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