Por Damián Quevedo
El socialista peruano José Carlos Mariátegui, que no militó en las filas del trotskismo, pero tenía una alta valoración sobre Trotsky, escribió alguna vez en la revista Amauta, que el marxismo no es un itinerario, sino una brújula para el camino. En el mismo sentido en el que Lenin sostuvo que la concepción de Marx era una guía para la acción. Si hay algo que se puede rescatar en Nahuel Moreno, es justamente la apropiación del marxismo en ese mismo sentido, porque siempre trató de utilizarlo como una herramienta práctica.
Describir a Moreno, sobre todo para mí que no provengo de su corriente, ni me considero “morenista”, es difícil, ya que si hay algo que debemos reconocer es que, en sus muchos años de militancia, tuvo diversas facetas y se lo puede tomar desde varias tendencias, sin temor a la herejía. En esa prolongada actividad revolucionaria se puede destacar la lucha por construir un partido revolucionario, entendiendo que el único partido revolucionario en la sociedad actual debe ser un partido de la clase obrera, que organiza a lo mejor de la vanguardia proletaria.
Esa fue la brújula que orientó a Moreno toda su vida, aunque, como dije al principio, citando a Mariátegui, una brújula muestra el norte, no determina el camino. En ese camino cometió errores, tuvo "bandazos" y aciertos, pero ambos signados por una característica que debe tener todo revolucionario, su más que marcada audacia.
Moreno fue
audaz en los procesos de unidad, como cuando colaboró con el nacimiento del PRT
o cuando se acercó a la Revolución Cubana, enviando a varios de sus principales
cuadros -liderados por el vasco Bengochea- a entrenarse a la isla. Esta
misma actitud, que lo llevó a romper con el vasco, lo había empujado a llevar adelante
una política de entrismo dentro de las organizaciones obreras que conformaron
la Residencia Peronista.
Estos pasos, junto con la inserción en el proletariado de Villa Pobladora, sacaron al trotskismo argentino de los cafés y lo vincularon con el “sujeto histórico” que todo izquierdista consecuente pretende liderar. Desde ese lugar, Moreno construyó teoría socialista, campo en el que también expresó su audacia, proponiendo caracterizaciones polémicas, como cuando cayó la dictadura en Argentina, cuya debacle definió como la una “Revolución Democrática”.
Probablemente uno de los aportes más importantes de lo que hoy se define como morenismo haya sido el intento, permanente y consecuente, de poner en pie una fracción internacional, con el propósito de ayudar a reconstruir la “Cuarta”. Como parte de esa lucha trató, también con aciertos y errores, de actualizar el Programa de Transición, documento fundamental del Partido Mundial de León Trotsky.
De ese trabajo, reproducimos
un fragmento que tiene vigencia, ya que se lo podría relacionar con aquellos
progresos tecnológicos -militares, medicinales o relacionados a la virtualidad
y robotización- que ciertos sectores de la izquierda caracterizan como “avances en el desarrollo de las fuerzas productivas”, pero que no son más
que invenciones al servicio de la destrucción de las dos más importantes, el ser humano y la naturaleza.
Para los marxistas el desarrollo de las fuerzas
productivas es una categoría formada por tres elementos: el hombre, la técnica
y la naturaleza. Y la principal fuerza productiva es el hombre; concretamente
la clase obrera, el campesinado y todos los trabajadores. Por eso consideramos
que el desarrollo técnico no es desarrollo de las fuerzas productivas si no
permite el enriquecimiento del hombre y de la naturaleza; es decir, un mayor
dominio de la naturaleza por parte del hombre, y de éste sobre su sociedad.
La técnica —como también la ciencia y la
educación— son fenómenos neutros que se transforman en productivos o
destructivos de acuerdo a la utilización clasista que se les dé. La energía
atómica es un colosal descubrimiento científico y técnico, pero transformada en
bomba atómica es una gran tragedia para la humanidad; nada tiene que ver con el
progreso de las fuerzas productivas sino con el de las fuerzas destructivas. La
ciencia y la técnica pueden originar el enriquecimiento del hombre —desarrollar
las fuerzas productivas— o la decadencia y destrucción del hombre.
Depende de su utilización; y su utilización
depende de la clase que las tenga en sus manos. Actualmente, el desarrollo de
las fuerzas productivas no sólo está frenado por la existencia del imperialismo
y la propiedad privada capitalista, sino también por la existencia de los
estados nacionales, entre los que incluimos a los estados obreros
burocratizados. En la época de agonía del capitalismo estos estados nacionales
cumplen el mismo nefasto papel que los feudos en el período de transición del
feudalismo al capitalismo[1].
No sabemos qué diría Moreno, frente a lo que desde nuestra corriente hemos denominado “Contrarrevolución Covid”. Podríamos intuir, que, siguiendo al pie de la letra las frases que hemos citado, podría simpatizar con quienes decimos que lo que está pasando -hablamos de las vacunas y toda la parafernalia tecnológica que rodea a su aplicación, junto con la profundización de la industria de la virtualidad- no representan avances de las fuerzas productivas, sino un retroceso hacia la Barbarie, apoyado en el desarrollo científico burgués.
Recordar a Moreno por todo lo que hizo -bueno o malo- es lo que hacen en general, sus seguidores, e incluso detractores. Con esta nota pretendemos encarar otro rumbo, dándole vida a sus teorías y fundamentos, para que nos ayuden a entender al mundo actual, algo que se condice con lo que él ha sido, un militante obrero e internacionalista práctico.
[1] Nahuel Moreno, actualización del programa
de transición, 1980.
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