Por Juan Giglio
En la madrugada del lunes 23 de enero de 1989, un grupo de 42 militantes del MTP -liderados política y militarmente por el ex dirigente del PRT/ERP Enrique Gorriarán Merlo- ingresaron al Tercer Regimiento de Infantería Mecanizada General Belgrano, de La Tablada. Su objetivo era, "evitar un golpe de estado”, que se habría estado engendrando dentro de los cuarteles, una especie de continuidad de los tres alzamientos carapintadas liderados por Aldo Rico, Seineldín y compañía.
Este análisis se demostró equivocado, porque el gobierno venía de pactar con los carapintadas, desoyendo el clamor popular de castigarlos de forma ejemplar. De hecho, tanto Rico como Seineldín se convirtieron en figuras políticas del régimen democrático burgués, desde donde hicieron y tejieron todo tipo de acuerdos con varios partidos, principalmente el PJ.
Más allá de la operación militar, que fue un fracaso -en términos operativos y políticos- la falsa caracterización empujó a este grupo de militantes a una encerrona, ya que, en los hechos, y más allá de sus intenciones, ningún sector del movimiento de masas se movilizó para defender al régimen, la democracia formal, que era y continúa siendo el principal enemigo de los y las de abajo.
La tarea de los revolucionarios debe ser la contraria, convocar a reemplazar las instituciones democrático burguesas por otras, de carácter socialista, que se asienten en los órganos más democráticos de la clase trabajadora y el pueblo, sus asambleas y organismos de coordinación. Esa perspectiva no será impuesta con acciones ejemplares, por más heroicas que estas sean, sino a través de una revolución triunfante.
Las fuerzas represivas "democráticas", acatando órdenes de quien para esa época era su jefe máximo, Ricardo Alfonsín, reprimieron a los guerrilleros del MTP de manera salvaje, matando a 32, mientras cuatro permanecen desaparecidos luego de ser torturados. Reivindicamos su moral, aunque no su política, que la consideramos, como hemos dicho al principio, equivocada y, en los hechos, subsidiaria del sistema que pretendían combatir.
En ese marco, también recordamos y repudiamos las actitudes funestas de varias organizaciones de izquierda, como las del viejo MAS, que en vez de solidarizarse con los reprimidos envió sus condolencias a los familiares de los militares muertos. Quienes provenimos de ese partido, sabemos que esa política -contraria a los principios de clase- provocó un debate que colaboró con el desarrollo de su crisis. Es justo reconocer, que buena parte de los grupos que vienen de allí han criticado esta política.
33 años después de Tabalada, continuamos exigiendo el juicio y castigo de los responsables de la masacre, un proceso que tendría que involucrar a las cabezas políticas del gobierno radical de ese entonces, que continúan vivas. Más allá de nuestras diferencias, que son centralmente políticas -ya que no nos consideramos pacifistas- reivindicamos la memoria de los camaradas caídos y desaparecidos, como mártires de la lucha contra la burguesía y sus agentes.
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