Gramsci y el abandono de la teoría marxista del Estado

Por Juan Giglio

La obra de Gramsci es reivindicada por un sector importante de la izquierda mundial y algunas organizaciones trotskistas, como el PTS de nuestro país, a pesar de que este teórico italiano dejó atrás la teoría marxista del Estado, reafirmando una concepción etapista y, en el fondo, reformista. Gramsci se apoyó en ciertos conceptos, como “hegemonía” y “bloque hegemónico, según los cuales las clases dominantes no ejercen su dominio a través de los aparatos represivos estatales, sino mediante la construcción de una especie de "relato" cultural, basado en el control del sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación. 

Si bien es cierto que los capitalistas se valen de estas herramientas para ejercer su dominio, ninguna de ellas es la principal, ya que esta se encuentra en el núcleo vital del Estado, donde se organizan los "destacamentos especiales de hombres armados", que amedrentan de manera constante al movimiento de masas y, cuando es necesario, lo aplastan para defender la propiedad privada de los grandes medios de producción. La lucha contra el Capitalismo, entonces, no es otra que por la destrucción de sus fuerzas represivas, sin la cual no existe ninguna posibilidad de construir una sociedad Socialista. 

Coherentemente con esta visión, Gramsci propone, como orientación central, combatir la "hegemonía" de las clases dominantes, a través de la “construcción de un bloque intelectual y moral que haga políticamente posible un progreso intelectual de masa y no solo de escasos grupos intelectuales”. Para Gramsci, la consciencia de clase no se alcanzará mediante la lucha consecuente de la clase obrera contra sus explotadores, sino “a través de una lucha de hegemonías políticas, de direcciones contrastantes, primero en el campo de la ética, luego de la política para llegar a una elaboración superior de la propia concepción real”.  

La conclusión práctica de esta elaboración significa la necesidad de crear “una elite de intelectuales”, ya que para distinguirse y hacerse independientes se necesita organización, y no existiría tal sin intelectuales, “un estado de personas especializadas en la elaboración conceptual y filosófica”.  La lucha principal no sería otra que la de “crear una nueva cultura” desarrollando “intelectuales orgánicos y una hegemonía alternativa dentro de la sociedad civil” mediante “la guerra de posiciones”, una táctica superadora de la “guerra en movimiento” o ataque frontal que usaron los bolcheviques, que para Gramsci era una línea “vetusta”, porque solo habría servido para la sociedad rusa previa al Octubre triunfante.


Enredados en la "lucha ideológica, partidos como el PTS terminan yendo a la cola de las políticas centrales de las clases dominantes, como sucede actualmente con lo que hemos denominado Contrarrevolución Covid. Para la dirección de este partido, igual que para la mayoría de la izquierda, no resulta significativo que, de conjunto, los capitalistas hayan adherido a una política sanitaria que se basa en una gigantesca campaña de terror mediático con el objetivo, cada vez más explícito, de desmovilizar a los de abajo. El PTS no llama a enfrentar esta línea, más bien convoca a profundizarla, con la excusa del "enemigo fascista".  De esa manera, la teoría-programa de Gramsci los ubica, peligrosamente, en el terreno del enemigo de clase. (Leer nota escrita en abril de 2021)

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