Por Damián Quevedo
Este fin de año tiene, para el gobierno nacional, una sensación cruda de final de mandato, aunque todavía le falten dos años y a algún evadido de la realidad se le ocurra mencionar una probable reelección. ¡Alberto Fernández y su entorno están políticamente desgastados, más al borde del knock-out que de continuar el juego!
No le va mejor al
resto del Frente de Todos, ya que el kirchnerismo se ha visto sumergido en una
gestión que nunca quiso, obligado por las causas penales que pesaban sobre la
jefa y que sólo podría sortear desde el ejercicio del gobierno, como quedó
demostrado. Pero, gobernar un país en crisis y sin viento de cola, peor aún con
una recesión internacional que va para dos años, ese definitivamente no era el
plan de la banda de Calafate.
Pero un dios perverso les regaló hace dos años un
triunfo electoral que en verdad no les convenía, porque inexorablemente los
obligaba a regir una administración sin las condiciones excepcionales de la
“década ganada” –basada en un feroz ajuste previo, y en el excepcional y ya
acabado súper-ciclo de la soja que les permitió repartir de manera
irresponsable– y hacerse cargo ahora de una deuda que Cambiemos debió tomar
para no hacer doler tanto y para financiar el desbarajuste producido
precisamente por el señor Kicillof, que se había patinado las reservas y había
vaciado todas las cajas, y había dejado un déficit descomunal y un Estado
quebrado e inviable[1].
Ahora, desconcertados, gobierno y oposición patronal esperan un alivio que llegue de la mano del FMI. Aguardar la llegada de los "Reyes Magos" sería más realista que conseguir el acuerdo que les dé el aire necesario como para no ajustar tanto como todos prevén. Todos saben que deberán imponer políticas anti populares sin la fuerza y la autoridad política que corresponde.
Este desconcierto
es el marco en cual tienen lugar las sangrientas peleas entre bandas
oficialista y opositoras, la razón, en definitiva, por la que ni siquiera pudieron
votar el presupuesto, aunque ambos sectores acuerden con lo sustancial del
mismo, que es, como dijimos antes, el ajuste.
Por otra parte, el movimiento de masas empezó a dar muestras de salud a través de varias puebladas, movidas por casos de gatillo fácil -Miramar- o en defensa del medio ambiente, Chubut, movilización que tuvo un claro carácter antiimperialista. Estas rebeliones vienen de la "periferia al centro", como había sucedido durante los años 90, cuando las rebeliones provinciales comenzaron a prefigurar lo que años después se convertiría en Argentinazo.
Estas nuevas puebladas tienen una vanguardia obrera que viene haciendo experiencias silenciosas, pero no por eso poco profundas. La principal es la que la está llevando a romper con la burocracia política y sindical peronista, dinámica que abre un camino amplio para el desarrollo de una organización independiente de los trabajadores. Todo esto significa un desafío para la izquierda, que para ganar liderazgo de masas debe mantener la unidad que le permitió llenar la Plaza de Mayo en la gigantesca marcha contra el FMI.
Ese espacio tiene
que ganarse un lugar en la base obrera y popular, convocándola a participar en distintas
iniciativas, no sólo acciones, como por ejemplo, un gran Encuentro Nacional de
Luchadores y Luchadoras, en el que se discuta y vote el Programa Alternativo de
gobierno que hace falta para sacar al país de la crisis y, obviamente, el plan
de lucha que se requiere para imponerlo.
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