Control de precios y etiquetado: ¡Demagogia barata e ineficaz!

Por Damián Quevedo

El centro de la campaña electoral, es decir de todo lo que hace el gobierno en estos meses, pasa por el denominado control de precios, una medida tan recurrente en los gobiernos kirchneristas como ineficiente. Es que los precios de todo lo que se produce están determinados -en última instancia- por la ley del valor, que rige bajo el capitalismo y, hasta que el ser humano salga de su “prehistoria” económica, bajo cualquier otra forma productiva.

Esta ley indica que el valor de cualquier mercancía está determinado por el tiempo de trabajo, que en un momento histórico y en una sociedad dada se requiere para fabricarlo. Este tiempo varía de acuerdo a la capacidad adquirida en cada industria, es decir a su mayor o menor grado de eficiencia o productividad. Esto quiere decir que cuanto mayor sea el desarrollo de la técnica y la tecnología utilizada, menor será el valor y eso influirá en el precio del producto. 

"La producción de mercancías, como cualquier otra forma de producción, tiene sus leyes características, inherentes, inseparables de ella, y esas leyes se imponen a pesar de la anarquía y a través de la anarquía. Esas leyes… se imponen frente al productor individual en forma de leyes constrictivas de la competencia. (…) Se imponen, pues, las leyes sin el concurso de los productores, contra los productores, como ciegas leyes naturales de su propia forma de producción. El producto domina a los productores"[1] 

El control de precios, además de enfocarse en una pequeña porción de lo que consumimos, es una burda maniobra publicitaria para desviar la atención de la sociedad, evitando meter manos en los problemas de fondo. El gobierno apunta al congelamiento de precios para atenuar, al menos hasta las elecciones, la caída del poder adquisitivo permanente que produce la inflación, desviando la discusión sobre lo único que está congelado en esta situación: los sueldos.  

Un aumento salarial acorde a la inflación y que supere con creces la canasta familiar -incluyendo alquileres y todo lo que una familia obrera necesita para vivir- resolvería, al menos momentáneamente, la situación. Eso es absolutamente factible y no una ilusión como lo que se propone el peronismo. Los aumentos salariales que suelen objetar los patrones, porque ganan menos, son costos que se trasladan a los precios y reavivan la inflación.  

Esa es otra de las grandes falacias del capitalismo, ya que los precios no están determinados por la proporción en que se divide el capital, entre la ganancia del capitalista (la plusvalía extraída al trabajador) y el salario. El precio final siempre está determinado por la ley del valor, es decir por el tiempo que requiere producir una mercancía determinada. Los capitalistas compiten tratando de disminuir ese tiempo, invirtiendo en tecnología y  súper explotando a sus laburantes, que es una manera de optimizar la utilización de las nuevas técnicas.

El laberinto de la izquierda  

Lamentablemente buena parte de la izquierda, en vez de denunciar este acto de prestidigitación torpe del gobierno lo termina acompañando, criticándolo por no ser consecuente y votando a favor del etiquetado frontal, que forma parte del mismo paquete. El FIT y demás organizaciones deberían atacar con fiereza al gobierno, que busca presentarse como víctima de los empresarios inescrupulosos -todos los capitalistas son así- cuando en realidad ajusta para garantizarles ganancias cada vez más grandes a los capitalistas.   

"Se vuelve necesaria la organización de comités de trabajadores y consumidores para controlar los precios en las empresas y supermercados, junto a un aumento de emergencia de un 20 % de los salarios e ingresos de la población trabajadora, que sea indexado automáticamente por la inflación. También es necesaria la apertura de los libros de contabilidad de todas las firmas que intervienen en la cadena de valor de los productos de primera necesidad"[2]. 

La izquierda que se reivindica revolucionaria tendría que romper con la lógica impuesta desde La Cámpora y el gobierno, en cuanto a que existe una amenaza de derecha peor que el propio peronismo. Para eso es necesario motorizar una política de independencia de clase, una línea que parta de denunciar todas y cada una de las maniobras electoralista de los de arriba, como esta o la de legislar a favor del “etiquetado frontal”.  

Esta última es una clara demostración de la inutilidad de todas las normativas que impulsa el actual gobierno, cuyo objetivo no es cambiar la realidad sino maquillarla con un relato “progre”, aunque cada vez más devaluado. Hay que convocar a echarlos a todos, diciendo con claridad que la manera de lograrlo es construyendo desde abajo un nuevo Argentinazo, una gran rebelión. Hay que decir, en definitiva, que no queda otra que hacer una Revolución que dé lugar al gobierno de los trabajadores y las trabajadoras.

[1] F. Engels, Anti-Dühring, 1877.

[2] La izquierda Diario 27/1072021 

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