Trotsky: aunque le martillaron el cerebro, sus ideas están vivas


Por Samuel Noyola

1937, Coyoacán, México, León Trotsky, uno de los grandes protagonistas de la revolución obrera mas extraordinaria de todos los tiempos llega a Latinoamérica, para vivir su quinto exilio. Piensa y vuelve una y otra vez sobre sus pasos. La muerte le ronda cerca, las campañas en su contra no cesan. Mientras tanto, toda una legión de viejos bolcheviques es exterminada por la contrarrevolución que se encaramó en la conducción de los soviets. Camaradas que son, ejecutados o enviados a campos de concentración, luego de ser obligados a confesar delitos que no cometieron.

De esta persecución también es víctima su familia. Para el año de su muerte, en 1940, Trotsky vio desaparecer a casi todo su árbol genealógico. Sólo Esteban Volkov, su nieto, pudo sobrevivir para continuar relatando en primera persona parte de sus hazañas, recordándole al mundo que su abuelo luchó por el verdadero legado de la revolución de Octubre.

¿Cómo hace un revolucionario para no perder sus objetivos, su entereza y su optimismo, entre tanta muerte, persecución y traición? La respuesta está en su manera de mirar y entender los acontecimientos y las tareas que le demanda la lucha de clases más allá de su tragedia individual. Trotsky tiene, sin duda, una confianza enorme en que el futuro de la humanidad está en manos de los explotados.

Inspirado en la Revolución Rusa, León Davidovich Bronstein, hablaría sobre los sueños, su gran sueño: “Nadie había soñado jamás con una revolución así (…) Es que la vida personal de los revolucionarios siempre traba su percepción de los grandes acontecimientos en los que participa. Pero la tragedia de las pasiones individuales exclusivas es demasiado insípida para nuestro tiempo. Porque vivimos en una época de pasiones sociales. La gran tragedia de nuestra época consiste en el choque de la personalidad individual con la comunidad. Para alcanzar el nivel de heroísmo y abonar el terreno de los grandes sentimientos que dan vida, es menester que la conciencia se sienta ganada por grandes objetivos. Toda catástrofe individual o colectiva es siempre una piedra de toque, pues pone al desnudo las verdaderas relaciones personales y sociales. Hoy día es necesario probar este mundo”.

Claro, que cualquiera podría decir que quien enarbola semejante convencimiento, no podría percibir el futuro y su vida de otra manera, ya que, cuando escribe estas líneas, lo hace parado sobre un gigante que ha llegado a tocar el cielo con las manos. Un gigante que derrocó al zar y expulsó a la burguesía del poder, derrotando ocupaciones, viendo cumplido parte de aquello que tantas veces teorizó. Sin embargo, el pasar del tiempo, el retroceso de aquella ola revolucionaria, junto con el aislamiento al que fue empujado en los años venideros, no lo apartan de esta visión.

En 1938, Mateo Fossa, dirigente histórico de la clase obrera argentina y de la gran huelga de la construcción de 1936, llega a México para ser parte del Congreso de Trabajadores Latinoamericanos, después de ser votado por 28 sindicatos autónomos de la CGT. Su ingreso al Congreso fue impedido por la dirección sindical estalinista mexicana, Fossa aprovecha su visita al país y se entrevista con Trotsky.

Luego de estos encuentros Fossa comenzará a militar en el grupo de Liborio Justo -cuyo apodo es Quebracho- durante algunos años, más adelante en los grupos que funda Nahuel Moreno, hasta el Partido Socialista de los Trabajadores, cuando muere, en 1973. Mateo, impactado por la personalidad del “viejo”, cuenta lo siguiente:

“Comenzó diciéndome que conocía la campaña de calumnias levantadas por el estalinismo en contra mía en México, y todas las maniobras que habían hecho para impedirme participar en el Congreso Latinoamericano a que se me había delegado. Me alentó a seguir luchando por nuestra clase y a decir la verdad. El más grande perseguido de la tierra tenía aún fuerzas para alentar a los otros a que sobrellevaran persecuciones que, al lado de la suya, eran insignificantes”

En esta visita Trotsky explica que la situación de la Cuarta Internacional, que  fundó para continuar el legado de Lenin y sus camaradas, no es sencilla. La dispersión es grande, aunque no se puede dejar de trabajar en pos de su evolución y extensión. Mateo recuerda que, frente a esa descripción, supo mostrar cierto escepticismo. Sin embargo, Trotsky polemiza con él mostrando, todas sus convicciones intactas:

“Estamos en un cruce histórico tal —me dijo— que si la clase obrera no hace triunfar la revolución, nos vamos a sumir en un período de regresión, de miseria y de esclavitud. No puede haber vacilaciones. Todos los que se sientan revolucionarios honrados deben seguir luchando sin desmayo por el triunfo del socialismo.

Diciendo esto se enardecía. Se paró, golpeando sobre la mesa con el puño, mientras mojaba sus labios secos con la punta de la lengua. Su vigor e ímpetu revolucionario, que daba la impresión de conservar intactos y, como en sus mejores tiempos, se comunicaba al visitante. Yo salí de su casa lleno de empuje y con renovados bríos”.

Ni el exilio ni las derrotas pueden quebrarlo, procesos que para Trotsky no se desarrollan sin mediar profundas crisis políticas y personales. Pero los desasosiegos pasan siempre a segundo plano, lo importante es continuar la lucha. Vive y sufre momentos en los cuales la posibilidad de su muerte era algo latente y real, como nunca antes en su vida. Entre tantas sombras, debe trabajar incansablemente para que la verdad histórica prevalezca y para que sus ideas inconclusas aparezcan.

Años atrás, en 1937, a través de una carta dirigida a Angélica Balabanof, vieja militante alejada del marxismo, Trotsky enfrenta su pesimismo, dejando plasmado que no carece de humanidad, que entiende del cansancio de las batallas que parecen no llegar a ningún puerto. Que comprende las tragedias personales que la crisis y el retroceso de las luchas pueden traer consigo.

“¿Indignación, ira, repugnancia? Sí, también cansancio momentáneo. Todo esto es humano, muy humano. Pero me niego a creer que usted ha caído en el pesimismo. Eso equivale a ofenderse, pasiva y lastimeramente, con la historia. ¿Cómo es posible? Hay que tomar a la historia tal como se presenta, y cuando ésta se permite ultrajes tan escandalosos y sucios, debemos combatirla con los puños”

81 años después, su legado de viejo dirigente bolchevique, continúa más vigente que nunca. Su combate para cambiar la historia debe ser reivindicado, igual que sus ideas y su manera de transitar la vida, propias de un firme convencimiento en el futuro revolucionario.

A Trotsky, como a Marx, nada de lo humano le es ajeno, ni siquiera la muerte. Será por eso que en su debate con Malraux, casi anticipando su partida del mundo, contradice la concepción del escritor. Jean van Heijenoort el secretario de Trotsky da su parecer sobre aquel intercambio tan particular:

"Por la tarde, antes de despedirse, Trotsky y Malraux partieron a pie hacia el campo. Los acompañé. Llegamos a un promontorio que dominaba el océano. El sol acababa de ponerse. Los gestos bruscos de Malraux se perfilaban sobre  el cielo que se oscurecía. Trotsky tenía los gestos precisos, controlados, didácticos, de alguien que explica. Al pie del promontorio, el mar rompía en las rocas. El último tema de conversación fue la muerte. "Hay algo que el comunismo jamás podrá vencer, y es la muerte", dijo, en esencia, Malraux. Trotsky replicó: "Cuando un hombre ha cumplido la tarea que se dio, cuando ha hecho lo que quería hacer, la muerte es simple".

Por todo esto, es oportuno recordar parte del discurso del homenaje de James Canon, viejo dirigente del SWP estadounidense: “El gran cerebro de Trotsky era lo que temían sus enemigos. No podían arreglárselas con él. En el increíble método con el que lo destruyeron había encerrado un profundo símbolo. ¡Golpearon su cerebro! Pero los productos más ricos de ese cerebro siguen vivos. Ya han escapado y nunca podrán ser recapturados y destruidos".

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