Campaña: entre el vacío y las consignas de auto ayuda


Por Damián Quevedo

Si hay algo que caracteriza esta campaña electoral, es la ausencia de propuestas políticas. Con la excepción de la izquierda, que a pesar de sus límites es la única fuerza que plantea ciertas propuestas programáticas. Las intervenciones públicas de los candidatos patronales se asemejan más a las de los gurúes que venden libros de autoayuda, que a un partido político que propone un rumbo para salir de la crisis actual.  

Esta levedad y el vacío de consignas no es producto del bajo nivel político de los candidatos, sino una de las expresiones más patéticas del período, que nos toca vivir, de agonía de la institucionalidad burguesa, un proceso largo en el que todo aquello que los marxistas llamamos superestructura -las instituciones, como los partidos y los sindicatos- pero también las ideas, de las clases dominantes, están atravesando una profunda crisis.  

Esta debacle se arrastra desde hace décadas y es un fenómeno internacional, el mismo que dio lugar a la aparición de los llamados outsiders, como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Pedro Castillo en Perú. Hoy por hoy existe una marcada diferencia entre los partidos patronales anteriores al 2001 y los que quedaron después del Argentinazo. Por eso, no es una casualidad la aparición de Mauricio Macri en la escena política y, junto con él, de una saga de  artistas y gente que no se dedicaba a la política. 

Esta decadencia se puede apreciar en la utilización de empresas para las campañas, a través de empresas dedicadas a pegar afiches o pintar paredes, actividades que hasta entrados los años 90 eran propias de la militancia. De la misma forma, el peronismo utiliza a personas que cobran subsidios o planes sociales, para repartir volantes y hacer campaña electoral, más allá de que comulguen o no con el partido en cuestión. Esta mercantilización de la actividad política es uno de los principales síntomas de la agonía del régimen.  

Decíamos que hasta hace unos años atrás, los candidatos todavía buscaban movilizar a un sector del electorado, mediante la agitación de consignas políticas. La campaña de Carlos Menem en 1989, dejando de lado la maraña de mentiras (que posteriormente reconoció él mismo) tuvo un contenido político claro, ya que proponía la "Revolución Productiva" y "Salariazo", slogans que fueron claramente comprendidos, y apoyados, por la mayoría que esperaba salir de la miseria.  

Hoy, las campaña del Frente de Todos y del Macrismo brillan por la ausencia de programas y consignas políticas. "Volver a los días felices", El País que queremos," Es por acá"... expresan el vacío de propuestas, que en el fondo refleja la crisis general. Esta situación agranda las posibilidades del Frente de  izquierda, que lanzando medidas concretas a los trabajadores y al pueblo, está en condiciones de convertirse en una alternativa clara y concreta.

Por esas razones, estamos convencidos de que la campaña del FITu debería adquirir un tono de audacia que hoy por hoy no tiene. Para eso, sus candidatos y candidatas debería interpelar con fuerza a los representantes burgueses, explicándoles a las bases obreras que no hay salida sin echarlos a todos a través de una revolución, de carácter socialista. ¡Un cambio que vendrá de la mano de otro Argentinazo, de una verdadera rebelión, como las que están protagonizando otros pueblos!

A través de su campaña, el FITu tendría que trazar rayas -de manera contundente- con los candidatos de las patronales, convocando a la clase trabajadora y al pueblo a rebelarse , a pasar por encima de los diques de contención de la podrida burocracia sindical y, en ese marco, a poner en pie su propio partido, el partido de la Revolución Socialista. 

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