Lejos ya del terrible y escalofriante escenario de mediados
del año pasado, donde los noticieros aullaban muerte y los camiones
militares se utilizaban para trasladar féretros, cuando ningún pariente podía
despedir a sus deudos, cuando salir a la calle era un delito, cuando las camas
de T.I. se sorteaban entre los enfermos y las cifras de muertos y contagiados
estremecían al mundo, la peste ha cedido drásticamente en su mortandad en todo
el mundo y, sobre todo, ha disminuido la eficacia disciplinaria del terror
instalado en su nombre por la plutocracia dominante para doblegar a la
humanidad y preparar el camino a un nuevo y despótico orden social.
Aunque ningún medio de difusión hace referencia a ello y aunque las estadísticas oficiales no son nada confiables, resulta evidente que la escalada de mortandad ha sufrido, como era de esperar en cualquier pensamiento científico libre del complot, un drástico parate, producto, en primer lugar de la extensión de la inmunidad de rebaño.
En junio
del año pasado los más destacados, integrados y distinguidos voceros
de la “plandemia”, como la revista The Lancet o la Universidad John
Hopkins, comparaban la epidemia de covid con la gripe española de
1918 y exigían medidas militares de aislamiento para evitar un resultado
similar, al que pronosticaba muy probable. Dado el tiempo transcurrido y el
hecho de que la cantidad global de muertos se ha estacionado en los
cuatro millones de personas, se impone repasar aquel terrible antecedente usado
por los terroristas del covid para atemorizar a la población.
La gripe española (llamada así pese a ser una enfermedad de origen yanqui!) azotó al mundo desde 1918 hasta 1920 y ocasionó más de 50 millones de muertes, aunque varios investigadores estiran la cifra de víctimas a los 80 millones, casi el 5 % de la población mundial de aquella época (1.800 millones). Se trató de una gripe muy contagiosa y de alta letalidad (morían entre el 10 y el 20 % de los contagiados) y que sorprendió a la humanidad al salir de la guerra y sin recursos ni antecedentes para combatirla.
Entre los múltiples medios utilizados para combatir su transmisión y mortandad se destacó por su éxito la combinación de altas dosis de aspirina con transfusiones de sangre de los contagiados recuperados, terapias que se utilizaron masivamente. Sin embargo, la peste se fue “apagando sola” en la medida en que los pueblos fueron desarrollando la inmunidad de rebaño, tan demonizada por la OMS y los globalistas.
Como los terremotos, la peste tuvo sus pequeñas réplicas con otros virus
oportunistas, pero en 1921 ya estaba erradicada. Sin embargo, dejo una secuela
de miseria adicional a la que la gran guerra había ocasionado, con miles de
familias destruidas, desempleo y pequeños comercios e industrias
arruinados. Pero la gripe española dejo además otra herencia más perdurable: el
autoritarismo estatal, la intervención de los poderes en la vida y libertad de
las personas, las medidas restrictivas y las prohibiciones fueron una eficaz
base de despegue para los regímenes despóticos que caracterizaron
esos años y que confluyeron en la siguiente guerra mundial.
El saldo mortal del COVID está lejos, muy lejos de los cien millones que pronosticaban los expertos a sueldo de quienes promocionaron y utilizaron el COVID para sus oscuros propósitos. La revista más oficial de la pandemia, The Lancet, llego a hablar de doscientos millones de víctimas en dos años. Y, por supuesto, todo el pensamiento disciplinado por el régimen, su prensa, sus “expertos”, opinadores y demás charlatanes, se hicieron eco de esos pronósticos para aterrorizar a las naciones y justificar la destrucción del tejido social, económico, cultural y político que se está llevando a cabo bajo la sombra del virus.
Vale recordar que el famoso “Event 201” (1), el foro
organizado, entre otros, por Davos, la Fundacion B.yM. Gates y la Universidad
John Hopkins, apenas unos tres meses antes de que se declarara la pandemia
pronosticó que la peste terminaría en dos años (igual que la gripe española) y
que causaría entre 65 y 80 millones de muertos.
Bien, después de 16 meses han muerto por COVID menos que las
victimas que cayeron en una sola gran batalla de la Segunda Guerra
(Stalingrado, 2 millones de muertos y 2,5 de heridos graves,
mutilados y discapacitados). Este hecho, por más que los globalistas
lo oculten aparece con claridad para la gente común, cuando recuenta sus bajas
y ve que son mínimas y decrecientes. En consecuencia, los oprimidos, por las
suyas, acá y en todo el mundo, fueron derribando en los hechos las
prohibiciones de la cuarentena y retomando su ritmo normal de vida (o lo que
quedaba de ella). El primer resultado fue la desconfianza creciente en la
verdad oficial, en sus cifras, en la orfandad de datos constatables y,
finalmente, en una desconfianza creciente a la vacunación.
Pero, si esta epidemia desaparece lentamente, si se transforma en endémica y es derrotada por la inmunidad adquirida por las poblaciones, el andamiaje discursivo de la OMS y Cía. se cae a pedazos y abre la puerta de muchos interrogantes. Del mismo modo que sucede si se reconoce la eficiencia comprobada de una buena cantidad de drogas y tratamientos específicos contra COVID, que fueron relegados al “rincón del curandero” con tal de satisfacer la avidez de ganancias siderales de los laboratorios que impulsaron los protocolos dictatoriales sufridos.
Para los amos la epidemia solo se termina –según la OMS- cuando el 60% de la población este vacunada. Y no se trata solo de la ganancia fabulosa que la vacunación masiva y reiterada en varias dosis les brindará, sino de culminar un plan diseñado para “resetear” la sociedad después de destruir la cultura, las conquistas democráticas, sindicales, culturales y las instituciones forjadas en décadas de lucha. El terror fue su herramienta y no piensan abandonarla sin llegar al final.
LA IMPOSICION DE LAS VACUNAS
Todo esto ha derivado en una vacunación
decreciente en todo el mundo, llegando al caso de países que fabrican las
vacunas (Rusia, por ejemplo) donde apenas el 10 % de la población acudió a
inyectarse. Es que pese al hermético cerrojo del pensamiento oficial y su verdad
religiosa, la censura absoluta y las persecuciones de pensamientos críticos en
las redes, la cacería hasta policial y judicial a quien cuestione la verdad
oficial, los medios independientes, los críticos en red, los que no se rinden,
han logrado establecer un dialogo que se reproduce día a día con millones
personas que han comenzado a evaluar otra versión de los hechos.
El cuestionamiento a las vacunas crece en paralelo al repudio a las medidas de encierro y a las restricciones de movimientos y ha venido originando a lo largo del presente año innumerables movilizaciones y protestas callejeras en todo el mundo, oportunamente silenciadas por la prensa servil. Es de destacar que en ese operativo de ocultamiento ha cumplido un rol muy importante la “izquierda” globalizada, la que ha culminado su largo proceso de adaptación a la dominación universal con su silencio ante esta guerra que lleva adelante el capital hegemónico contra los pueblos del mundo.
Como en agosto de 1914 (2), la lenta y
sistemática cooptación de la izquierda legal termina de expresarse cuando los
conflictos sociales llegan a su clímax. Lo cierto es que hoy esa izquierda
integrada, en todos sus matices y versiones, se ha alineado vergonzosamente con
la plutocracia dominante, con su versión sobre el covid y las medidas
autoritarias en curso y ha resignado la que debiera ser su mayor bandera, la
libertad.
De todos modos y pese a ellos, los pueblos están saliendo a
luchar porque están comprendiendo que no estamos ante una emergencia sanitaria
sino ante un ataque en todos los frentes, contra las libertades, derechos,
organizaciones, cultura y formas de vida que hemos construido con grandes
luchas en los últimos 150 años.
En ese contexto la pelea por la vacunación no es un hecho menor sino la consumación de la derrota de los pueblos. Dado que cualquier persona puede protegerse del COVID con al menos diez medicamentos económicos y de venta libre y que las “nuevas variantes” del virus son muy contagiosas pero de escasa letalidad, la pregunta del porque de la vacuna trasciende a la avaricia de los laboratorios y se instala en el ámbito del control, segmentación y vigilancia de la población. A la vacuna le sucederá la exigencia de pasaportes sanitarios, constatación de vacunación, carnet de salud u otros mecanismos que terminen de seleccionar, segmentar y disciplinar a los pueblos.
LA RESISTENCIA POPULAR Y LAS DIFERENCIAS ENTRE LOS GLOBALISTAS
Claro que esta línea de acción puede y va a llevar a graves conflictos sociales y a confrontaciones que pueden poner en riesgo todo lo que los conspiradores han logrado hasta ahora. Y por esos temores es que el “frente de la hegemonía plutocrática por un nuevo orden mundial”, por llamarlo de algún modo, ha comenzado a dar señales de resquebrajamiento.
Mientras que para algunos poderosos (EE.UU., Gran Bretaña, Alemania y los países nórdicos, entre otros) ya no se puede seguir avanzando sobre las libertades y conquistas sociales y menos aun imponer la obligatoriedad de la vacuna o de pasaportes de salud sin arriesgar todo lo que han conseguido con la pandemia en materia de lo que era central (la expropiación a los pueblos y la destrucción de las sociedades y soberanías), para otros es necesario seguir hasta el final, hasta lograr la sociedad universalmente gobernada con vigilancia digital.
En este contexto no parecen fruto de la casualidad varios hechos que se hicieron públicos en el último mes, destacándose la ruptura del multimillonario yanqui Warren Buffet con Bill Gates y su fundación, de la que era presidente. Es sabido el rol determinante que Gates, su ONG y sus aliados han tenido en la imposición de las medidas cuasi dictatoriales empujadas desde la OMS, los medios afines y los laboratorios. La renuncia de Buffet, en este marco de confrontación, es indicativa de las diferencias existentes en la alianza hegemónica.
El silencio del economista suizo Klaus Scwab, virtual dueño del Foro de Davos, la desaparición del debate de George Soros y, aunque parezca trivial, la sugestiva tolerancia de las autoridades yanquis y la policía a una gran manifestación popular frente a la casa de Gates en Washington, junto a la aparición de artículos periódicos tradicionales del establishment yanqui y británico cuestionando abiertamente a B. Gates, en sus negocios, vida privada, planes y moralidad hablan claramente de que están surgiendo, producto de la resistencia social, grandes diferencias entre los amos.
Así es como no resulta extraño ver a Paris y las principales ciudades de Francia sacudidas por masivas y violentas protestas repudiando la obligatoriedad de las vacunas y la implantación de un carnet de salud sin el cual ni siquiera se podría tomar un café en un bar o salir del domicilio particular y transformando a Macron en el presidente más impopular de la historia reciente y desatando una crisis política que puede escalar violentamente.
Mientras, a pocos kilómetros, en Gran Bretaña
–con una situación sanitaria similar- Boris Johnson es aclamado por las
multitudes: acaba de presenciar la final de la Euro Copa con 60.000
espectadores en Wembley y anuncia que a partir del 19 del corriente
se vuelve a la “total normalidad” y centenares de miles de británicos salen a
las calles a festejar el “Freedom Day”, el día del fin de las prohibiciones.
A otros pocos Km hacia el Este, en Alemania,
Angela Merkel ha anunciado que, categóricamente, la vacuna no será obligatoria
mientras Biden auspicia el fin del barbijo y de las restricciones a la vez que
no propicia la obligatoriedad de vacunas ni de pasaportes de salud. Pareciera que
las discrepancias entre globalistas y soberanistas no se terminaron con la
caída de Trump y que comienzan a estallar. Obviamente, la prensa
globalista acusa, en particular a Boris Johnson, de poco menos que
genocida.
Emanuel Macron, viejo lacayo de la Casa Rothschild principal
accionista de varios de los grandes laboratorios vacunadores y
participe del Event 201, ha decidido jugarse el pellejo ante la
masiva reacción popular para imponer la vacunación y la consiguiente
segmentación disciplinaria de la población. En Grecia está
sucediendo algo similar y las protestas de la semana pasada han sido muy
fuertes y muy violentas. En nuestro país y ratificando la pertenencia del
kirchnerismo al plan de dominación global, el gobierno de Kicillof ha admitido que
estudia imponer la prohibición de ingreso a bares, restaurantes y espectáculos
públicos a quien no posea un certificado de vacunación, lo que de inmediato ha
impulsado decenas de recursos judiciales.
Esta discusión acerca la obligatoriedad de la vacuna y de
portar un pasaporte sanitario no es una cuestión administrativa:
establecerlas es un paso fundamental hacia el control, la
segmentación y el disciplinamiento de la población, a imagen y semejanza de los
dictadores chinos, quienes terminan revelándose como socios de la conspiración.
LA GRAN BATALLA
Estos manotazos autoritarios no pueden esconder la realidad del rechazo creciente a las políticas económicas, sociales y sanitarias implementadas con el argumento de la pandemia. Pero sí pueden ser el anticipo de escenarios de una gran crisis política y de verdaderas rebeliones populares (Grecia, Francia...)
Por otro lado estas
medidas resultan de dudosa constitucionalidad, dado que afectan libertades
esenciales consagradas en casi todas las Cartas Magnas y en tanto
implican elevar a rangos legales absolutos la inoculación con medicinas que
siguen siendo, según la OMS, “experimentales” y que aún no poseen autorización
sanitaria definitiva. Por otra parte, la propia OMS se ha visto obligada
a avalar el uso preventivo y curativo de una decena de medicamentos
alternativos, lo que quitaría el pretendido carácter único y esencial a las
cuestionadas vacunas experimentales.
Sin embargo, aun cuando la pandemia, en su faz más
virulenta, esté llegando a su final, el eje del plan pandémico -los globalistas
y los laboratorios- intentaran seguir imponiendo restricciones, vigilancia,
autoritarismo y, sobre todo, terror. Para ellos esto no ha terminado y no
terminara hasta que no logren una reconfiguración total de la sociedad basada
en la destrucción de la esencia de la humanidad, es decir el carácter social y
asociado de la existencia humana. Reemplazar sociedad por individuos o grupos
de interés, partidos y sindicatos por ONG, solidaridad por individualismo al
extremo, justicia social por meritocracia, solidaridad por
mezquindad, lazos personales por virtualidad, libertad por sujeción y
obediencia…
La consolidación de la estructura económica globalizada es
el sustento desde el que se trata de imponer una gobernanza global, una
estructura política y jurídica por encima de los restos de las naciones y
soberanías, que no será más que un gobierno dictatorial de las
oligarquías con un control cyber-vigilante de la población y con la expulsión
de la sociedad de amplias masas pauperizadas y sin futuro. Un
espacio de dominación en el que “las decisiones más decisivas se tomaran en un
espacio muy distante del ágora o incluso del espacio público
institucionalizado…donde el verdadero poder permanecerá siempre a una
distancia segura de la política” (3)
Esta es la batalla que se está librando.

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