Hay que transformar al país en una gran asamblea para que las bases resuelvan que "modelo" hace falta para salir de la crisis
Por Juan Giglio
Desde 1982 hemos votado infinidad de veces. Esto no deja de
ser positivo si se lo compara con lo sucedido durante los años negros de la
dictadura militar, que pisoteó todas las libertades democráticas. También es
progresivo que los partidos de izquierda aprovechen las elecciones para hacer
propaganda de la salida socialista y agitar la necesidad de organizar la Huelga
General y el Argentinazo para echar al gobierno y su plan de ajuste e imponer una salida al servicio de los trabajadores y el pueblo. Sin
embargo, el voto se ha transformado en el método elegido por los representantes
de los monopolios para perpetuarse en el poder, manteniendo y profundizando las
injusticias sociales que defendían los milicos. Hasta ahora los trabajadores y
el pueblo vienen participando en las elecciones, aunque cada vez con menos
expectativas en las soluciones que puedan venir de este mecanismo. Por eso, en
los hechos, han comenzado a construir otro tipo de democracia, mucho más
participativa y “directa”: las asambleas populares que, luego del Argentinazo,
continuaron desarrollándose en los barrios y pueblos más alejados del país,
como Gualeyguaychú, Famatina o Andalgalá, cada vez que los de abajo necesitaron
debatir y organizarse para defender sus derechos. Este tipo de democracia se expresa en los
conflictos obreros, donde las bases, que cada vez odian más a la burocracia
sindical y sus métodos, empujan las asambleas de fábrica, escuela, oficina o
empresa, como las que tuvieron lugar en las luchas de Cresta Roja, la 60,
aceiteros, docentes y decenas de gremios a lo largo y a lo ancho del país. (Reproducimos nota editada en octubre de 2016 explicando la necesidad de las Asambleas Populares y la Asamblea Nacional Constituyente)

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