Por Nicolás Riu
Al poco tiempo de asumir, Donald Trump se ha visto envuelto
en una infinidad de escándalos, que golpean duro al régimen político de la
principal potencia mundial, debilitándolo aún más de lo que ya estaba desde el
principio de su mandato. Ahora, al calor de las filtraciones de informaciones
clasificadas sobre seguridad y la
relación con Rusia, se ha vuelto a reabrir otra crisis, que algunos
caracterizan como un nuevo “Watergate”, el affaire que tumbó al gobierno
republicano de Richard Nixon. El escándalo reciente, que derivó en la salida del ex
director del FBI, James Comey, es un
producto directo de la “trama Rusa”, la misma que al poco tiempo de asumir el
nuevo gobierno provocó la renuncia de otro ministro de primer nivel, Michael
Flynn. El despido de Comey se interpretó como un ataque a la línea
de flotación de las investigaciones más espinosas que venía realizando la
agencia federal del FBI, tratando de descubrir si existió o no una coordinación
secreta entre el equipo electoral de Trump y el Kremlin para desprestigiar a
Hillary Clinton en la campaña electoral. En ese contexto, fuentes relacionadas al prestigioso diario Washington
Post aseguran contar con datos proveniente de la Casa Blanca, revelando que Trump
cedió información secreta sobre Estado Islámico al ministro ruso de Exteriores,
Serguéi Lavrov. Desde su cuenta de Twitter, el presidente desmintió la
noticia, mientras que el teniente general McMaster, quien salió a defenderlo,
se “pisó solo” porque aseguró que Trump no habría revelado “fuentes, métodos u
operaciones militares a Lavrov”, pese a que el Post no habla de esto en sus notas. Según el diario, Trump habría proporcionado información
relacionada a la posibilidad de que los yihadistas utilicen ordenadores
portátiles para realizar algún tipo de ataque terrorista en vuelos comerciales,
un dato de primer nivel que podría haber sido utilizado por los rusos. (Leer todo)

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