Por Damián Quevedo
Desde hace meses, uno de los temas recurrentes en los Estados Unidos, es la salud mental del presidente, Joe Biden, sobre todo desde que se lanzó a competir por la reelección, ya que, hasta hoy, es el candidato elegido por la interna demócrata.
“Hasta hoy”, porque una buena parte de los cuadros dirigentes de su propio partido han comenzado a barajar la posibilidad de que Biden se baje de la carrera presidencial y deje su lugar a otro candidato o candidata, más presentable.
Las expresiones visibles de senilidad del actual mandatario estadounidense, cuestionan objetivamente la posibilidad de que un personaje de estas características continúe al frente de la principal potencia imperialista, justo en momentos en que sus líderes están discutiendo si van o no a una guerra directa con su principal competidor, China.
Desde el desastroso debate del jueves pasado de Biden contra Trump, en el que el demócrata se trabó varias veces y perdió el hilo, exacerbó los temores entre los demócratas sobre su agudeza mental. “Tenemos que ser honestos con nosotros mismos y decir que no fue sólo una noche horrible”, declaró este martes a CNN el congresista demócrata Mike Quigley[1].
Aunque Biden sugirió en privado que estaría dispuesto a renunciar a su candidatura, buena parte de la conducción demócrata no quiere que esto ocurra. Por un lado, porque el presidente continúa midiendo bien en las encuestas, y por el otro, porque a pesar de sus papelones, juega un papel de vanguardia en la guerra comercial con China.
Biden está gastando enormes cantidades de dinero para traer las industrias ecológicas y la fabricación de microchips desde China de vuelta a Estados Unidos. Hasta hace poco parecía que la transición económica verde global estaba destinada a ser "hecha en China", pero ahora Estados Unidos está reivindicando su lugar en este proceso.
Esto conlleva riesgos. Estados Unidos está pidiendo prestados cientos de miles de millones de dólares para pagar por estas inversiones. Existe la preocupación de que esto pueda hacer que la inflación estadounidense vuelva a crecer justo cuando la subida de precios comienza a desacelerarse. También se teme que el país esté acumulando demasiada deuda.[2]
Este impulso a la economía yanqui -en un marco general donde todavía prima una caída interanual de su PBI- es jugada para doblegar al gigante asiático, política que los republicanos en general, y particularmente Trump, no compartirían, ya que expresan los intereses de otras fracciones de la burguesía, que compiten con las que sostienen a los demócratas, quienes, no casualmente, han sido y continúan siendo los más guerreristas.
En esta elección se tratará de dirimir qué fracción capitalista asumirá la dirección política del Estado, lo cual tendrá consecuencias internacionales, ya que más allá de quien gane, la crisis global empuja a las potencias hacia una guerra de dimensiones impredecibles. Para evitarla hay que acabar con el imperialismo yanqui y con los demás imperialismos.

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