"Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuarán... " (Raymundo Gleyzer, 1974)
Por Dalton Noyola
El 27 de mayo se conmemora el día del documentalista, fecha en la que se recuerda la desaparición, en 1976, del cineasta Raymundo Gleyzer, quien encaró su vida con una gran valentía, la de cuestionarlo todo. Hijo de una familia judía, en cuya casa se fundó el célebre teatro IFT de Once, recibió el nombre de un guerrillero francés asesinado por los nazis, Raymond Guyot.
Raymundo es una de las expresiones más avanzadas de la fusión que tuvo lugar entre sectores de la vanguardia cultural y la izquierda revolucionaria, no solo por la búsqueda permanente de nuevas formas para llegar a las masas mediante el cine, sino por su compromiso político.
Por eso, su obra adquiere formas que expresan una profunda denuncia a la explotación capitalista. Censurado, perseguido, calumniado, secuestrado y finalmente desaparecido. No fue casual que la dictadura se ensañara con él y su obra, que retrata el ascenso revolucionario continental de su época. Un documento histórico, que sirve para conocer de primera mano la resistencia a través en el arte, el campo, el movimiento obrero y el conjunto del pueblo pobre.
En su juventud militó, primero en el PC y luego en el PRT-ERP. También, Raymundo trabajó como camarógrafo de Tele Noche, en Canal 7 y como realizador de documentales para la televisión alemana y diferentes secretarías de turismo argentinas. Desde ese lugar, tuvo la oportunidad de ser uno de los primeros en filmar las islas Malvinas, material que luego fue utilizado en “Malvinas, historia de traiciones” (1985). Participó, además, en el film que retrató el último recital de Sui Generis en el Luna Park.
Entre sus obras más renombradas se encuentran: El ciclo (1963); La tierra quema (1964); Ceramiqueros de Tras la Sierra (1965); Nuestras Islas Malvinas (1966); Ocurrido en Hualfín (1965); Pictografías de Cerro Colorado (1965); Quilino (1966); México, la revolución congelada (1971); Comunicado cinematográfico del ERP (1972); Ni olvido ni perdón (1972); Los traidores (1973); Me matan sino trabajo y si trabajo me matan (1974), entre otros.
Fue impulsor y fundador del denominado Cine de Base, uno de los principales emprendimientos del cine político de nuestro país. Allí mantuvo una fuerte ligazón con el líder del PRT-ERP, Santucho, quien a su vez estaba muy influenciado por las revoluciones cubana y vietnamita. Sin duda “Los traidores” es una de sus obras con mayor influencia en la vanguardia obrera, no solo por su fuerte denuncia al papel jugado por la burocracia sindical peronista, sino también por la forma en la que retrata la resistencia obrera de ese período.
El film, que conjuga realismo y ficción de manera extraordinaria, muestra el ascenso de las corrientes clasistas que crecieron dentro del sindicalismo argentino, cuya expresión más avanzada dio lugar al SITRAC-SITRAM del post Cordobazo. Haroldo Conti, escritor, periodista y docente compartió con Raymundo tiempo de detención en el campo de concentración El Vesubio. Martin Kohan relata que “secuestrados y prisioneros que lograron sobrevivir a la represión relataron que los militares torturaron salvajemente a Raymundo. En sesiones de tortura, le habrían cortado los ligamentos de los pies e incluso habría quedado ciego”.
La herencia política y cultural de Raymundo sin duda es muy profunda no solo como ejemplo militante sino como constructor de una forma distinta de hacer cine desde y para la clase trabajadora. Su obra es un ejemplo para las futuras generaciones, y aunque su vida se fue, como él supo decir, otros vendrán a ocupar ese puesto de lucha construyendo un cine de resistencia, militante de la vida y las causas nobles. ¡Larga vida al cine militante!
Poema a Raymundo
Raymundo debe estar apunto firme con su lente…casi disparando Debe estar apuntando duro con su ojo… casi fusilando Debe estar calculando tenaz con mu mente…siempre preguntando Debe estar volviendo con su cine…siempre Resistiendo

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