Fernández con Diaz Canel en Cuba, el imperialismo chino sigue metiendo la cola en la región
Por Damián Quevedo
El "presidente" se acaba de reunir con su par
cubano, en un nuevo intento de consolidar la ubicación del país dentro del
bloque político y económico liderado por China. El presidente de la Nación
Alberto Fernández
mantuvo un encuentro bilateral con el presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz Canel, en el marco de la Cumbre de la Cumbre
de Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno del Grupo de los 77+China[1].
En medio de la casi desaparición de Alberto y de la asunción presidencial -en los hechos- de Sergio Massa, que significó un alineamiento mayor con los EEUU, el presidente había retrocedido varios casilleros en su puja pro china. Sin embargo, en el marco de este nuevo encuentro de países, retomó la iniciativa.
Las similitudes entre la burocracia capitalista cubana y el peronismo son profundas, porque Cuba, al igual que Argentina, es una semicolonia que vive del turismo y las inversiones extranjeras. Si bien nuestro país tiene un desarrollo industrial muy superior, su carácter dependiente dio lugar al desarrollo de una burocracia sindical y política muy parecida a la de la que gobierna la isla.
En ese sentido, Fernández pretende retomar la senda de la mayoría de los países que antes de 1990 conformaban el bloque socialista y hoy son semicolonias íntimamente ligadas a China. No porque tenga añoranzas “soviéticas”, sino porque sueña con conseguir algo parecido a lo que ocurrió antes e la crisis de 2008, cuando la locomotora asiática arrastró el crecimiento de varios países del Tercer Mundo.
Este coqueteo con la potencia que le disputa el control de los mercados a los yanquis, es posible por la extrema debilidad de los Estados Unidos, que perdió la hegemonía que supo tener desde la segunda posguerra. Esto no significa que China ya esté ocupando su lugar, sino que estamos ante una situación nueva, en la que predomina el caos y la lucha entre las grandes potencias imperialistas.
Solo en un contexto de estas características, una fracción minoritaria del partido derrotado -la que representa el presidente- puede contar con cierta capacidad de maniobra para persistir en su puja por el realineamiento internacional con el gigante asiático. Para los laburantes, ni una ni otra dependencia es buena, porque ambas significan entregar todo a las dueños, viejos o nuevos, del mundo sin recibir nada a cambio, salvo más súper explotación.
Por esa razón, la izquierda tiene que aparecer frente a
las opciones patronales, Massa, Milei, Bullrich y compañía, como la única
dispuesta a llevar adelante la gran tarea pendiente, sin la cual no habrá
desarrollo ni elevación de la calidad de vida del conjunto: ¡Una revolución que
dé lugar a la Segunda y Definitiva Independencia Nacional, una revolución que
solo podrá llevar adelante el sector social que la necesita, la clase
trabajadora, con su propio gobierno!



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