Trotsky vive en los procesos de autoorganización obrera y popular
Por Ernesto Buenaventura
El 20 de agosto de 1940 un sicario stalinista, Ramón Mercader, atentaba en México contra la vida de León Trotsky, golpeándole la cabeza con un pico de escalador, que le causó heridas gravísimas y un día después la muerte. El enterrador de la revolución, Josep Stalin, golpeaba de manera estratégica a la oposición revolucionaria que agitaba las banderas del verdadero Socialismo, que se construye a partir de la democracia proletaria.
Liev Davidovich Bronstein nació el 26 de octubre de 1879 en Yanovka -un pueblo de Ucrania, dentro del Imperio Ruso- en una familia de campesinos medios judíos. A los 19 adhirió a las ideas marxista y, desde la clandestinidad, formó parte de la lucha contra el régimen de los zares, impulsando en 1897 la Liga Obrera del Sur. Padeció largos exilios, tres de los cuales tuvieron lugar fuera de Rusia, de ahí su seudónimo, puesto por uno de sus carceleros en la lejana e inhóspita Siberia, en una de sus largas detenciones.
Debido a su gran entereza y convicciones ocupó papeles destacados en tres revoluciones -1905, febrero y octubre de 1917- convirtiéndose dos veces en el presidente del soviet de Petrogrado. Sin tener experiencia ni educación militar, luego del triunfo de la revolución, organizó y dirigió el Ejército Rojo, reclutando a cinco millones de hombres y mujeres en 1920, que vencieron -de manera ejemplar- a 14 ejércitos extranjeros durante la durísima guerra civil.
Trotsky había colaborado con Lenin en Londres en el equipo de redacción del periódico Iskra -en ruso significa Chispa- aunque luego de la ruptura entre bolches y menches, se alejó de Lenin, hasta que la revolución de 1917 los volvió a unir en el Partido Bolchevique, a partir de sus coincidencias políticas y programáticas, que se gestaron en torno a las Tesis de Abril escritas por Lenin, que iban en el sentido de su teoría de la Revolución Permanente.
La síntesis entre ambos facilitó la victoria y la organización del proyecto más ambicioso de todos, la Tercera Internacional, una herramienta para extender la experiencia rusa hacia Europa y el resto del planeta. Es que para Lenin, Trotsky y sus camaradas, no existía ninguna posibilidad de derrotar al Capitalismo sin liquidarlo en todo el mundo, particularmente en los países más avanzados, desde el punto de vista científico y tecnológico.
Trotsky entendía que la autodeterminación proletaria, mediante la implementación de la democracia obrera, que dio sus primeros grandes pasos con la Comuna de París, es el arma más poderosa de la clase obrera. Su lucha contra Stalin y la banda que se apropió del Estado Obrero y aplastó esta gran experiencia democrática, le valió la expulsión de la URSS, el exilio y la muerte.
En 1938 fundó la Cuarta Internacional para mantener vivo el programa que llevó al triunfo a la clase trabajadora rusa, cuya esencia reaparece, cada vez ya que los trabajadores y los pueblos ejercitan la democracia directa, a través de las asambleas obreras y populares. ¡Por eso, el mejor homenaje es incentivar la autodeterminación, base fundamental de la próxima y cada vez más necesaria revolución social!



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