La autodefensa obrera y popular, una tarea urgente


Por Ernesto Buenaventura 

Desde nuestra corriente hemos debatido durante largos años con los sectores que reivindicaban o reivindican la política “guerrillerista” de la década del 70, como aquella que practicaron los Montoneros, el PRT-ERP o la organización Poder Obrero. Caracterizamos sus métodos como “acciones aisladas de las necesidades y decisiones del movimiento de masas”, por lo tanto ultraizquierdistas.

Sin embargo nunca discutimos estas tácticas desde una óptica pacifista, ya que asumimos que la clase trabajadora no puede ni debe paralizarse frente a la violencia que impone la burguesía a través de su aparato represivo al servicio de la explotación obrera y la entrega del país. Cada vez que esto sucede, los de abajo tienen que asumir uno de sus derechos democráticos fundamentales, que es el de ejercitar su legítima autodefensa.

La propia constitución burguesa otorga este derecho, cuando a través del artículo 21 dice que “Todo ciudadano está obligado a armarse en defensa de la Patria”. En la década del 70, los guerrilleros creían honestamente que esta tarea podría llegar a ser tomada por las masas si ellos o ellas les daban “ejemplos”, atacando a las fuerzas represivas, la burocracia sindical y los grandes empresarios.

La realidad demostró que esta metodología, lejos de acercar a los trabajadores a la revolución, los alejó. Por eso, la guerrilla setentista terminó librando -sin apoyo popular- una pequeña guerra contra un aparato militar inmensamente superior, el de estado capitalista, que no tuvo inconvenientes en aplastarla. Además, sus acciones -descolgadas del movimiento de masas- fueron utilizadas por los genocidas para justificar la represión y confundir a un sector del pueblo.

La única manera de que los trabajadores terminen tomando en sus manos la tarea encomendada por la Constitución de “defender a la Patria” acabando con los cipayos que la entregan al capital foráneo, será luego de una paciente y sistemática tarea de educación llevada adelante por las organizaciones que se reivindican revolucionarias.

Sin embargo, esta prédica no pasa solo por la propaganda general -que es lo que suele hacer la mayoría de la izquierda adaptada al parlamentarismo- debe combinarse con consignas que incentiven la práctica de la autodefensa en las luchas y las movilizaciones. ¡Para eso, los revolucionarios y las revolucionarias debemos ponernos a la cabeza de los piquetes, proponiendo su extensión, coordinación y endurecimiento!

Solo así, los trabajadores y el pueblo pobre llegarán a la conclusión de que no serán los funcionarios de las instituciones burguesas o burocráticas quienes frenarán el accionar de las patotas, la gendarmería, la policía del régimen, los femicidas y abusadores, sino sus propios destacamentos armados, que son el germen de las milicias obreras que habrá que construir para que la revolución triunfe.

El movimiento obrero no cuenta con los recursos que tiene el aparato estatal capitalista o la plata de los burócratas. Sin embargo, los y las de abajo tienen un arma muy poderosa y eficaz, que es su capacidad para organizarse y adoptar los métodos de lucha más eficaces. Así lo están demostrando, en otros países, los pueblos que enfrentan a la represión más dura, como en Myanmar, Irán o Yemen.

La tendencia general de los regímenes capitalistas es a endurecerse, ya que no pueden brindar concesiones económicas. En Argentina ocurre lo mismo, ya que el peronismo apelará a la utilización de fuerzas oficiales y para estatales -como ha hecho siempre a lo largo de su historia- para hacer retroceder a la clase obrera en lucha, que para no ser derrotada tendrá que poner en pie sus órganos de auto defensa. 

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